
Por el Hno. José Diez Villacorta, 1995
SUMARIO
Ia. Parte : Cara y "Ceca" del Padre Champagnat I.- Cara 1.- Comer la sopa boba III.- ... ¡y las Pecas! 7.- ... Porque de ellos es el Reino de los Cielos En todas partes se cuecen habas 36.-Un Hermano latinista |
IIa. Parte : Autobiografía del Hermano Avit (Henri Bilon) I.- Perfil del Analista II.- Autobiografía 1.- Con una tara..., pero nada
"tarado"
|
Iª Parte: Cara y
"Ceca" del Padre Champagnat
I.- Cara
Todos conocemos la "cara" oficial del P. Champagnat por los escritos del Hno. Juan Bautista Furet:
"Aspecto grave, modesto, serio y que infundía respeto y hasta, a primera vista, retraimiento y temor. Pero estos sentimientos se trocaban en confianza y afecto apenas se conversaba con él, pues bajo esta capa un tanto adusta y en apariencia severa, se ocultaba un muy bondadoso carácter".
"Tenía conciencia recta, juicio certero y profundo, corazón bondadoso y sensible, sentimientos nobles y elevados. Era de carácter alegre, abierto, firme, entusiasta, tenaz y siempre ecuánime".
"Buena parte del éxito que consiguió el P. Champagnat en el desempeño de su ministerio sacerdotal y en la fundación del Instituto se debe a su carácter alegre, abierto, sencillo, atento y conciliador. Sus modales sencillos y afables, la franqueza y el aspecto bondadoso que se reflejaban en su rostro, cautivaban los corazones y disponían los ánimos para recibir sin pena, y hasta con agrado, sus observaciones, enseñanzas y reprensiones".
"Lo más admirable en el carácter del P. Champagnat era que siempre se mantenía ecuánime. Las contrariedades, pruebas, trabajos y preocupaciones de la administración de tan numerosa comunidad, que con frecuencia carecía de lo necesario; las enfermedades y dolencias, nada conseguía alterar la paz de su alma y la serenidad de su rostro. Nunca se quejaba, nunca se lo vio triste o desalentado; al contrario, disimulando sus propias penas y cansancio, levantaba constantemente el ánimo de los Hermanos". (Hno Juan Bautista Furet, Vida del P. Champagnat, II parte, cap. 1)
A pesar de las reticencias y de ciertos matices, la imagen que nos ha legado el Hno. Juan Bautista, a través de todos sus escritos, es el de un Champagnat hombre serio y austero. Es una lástima que, siguiendo en ello lo habitual en las "hagiografías" estereotipadas de su tiempo, nos haya escamoteado el reverso de la moneda, la "ceca" en lenguaje rioplatense, o "cruz" en castizo. Un reverso que acercaría más a nosotros la figura de los Santos y que, además de la reverente admiración que esas "Vidas ejemplares" suscitan, nos llevaría a considerarlos más como seres de carne y hueso que como figuras de yeso o de cartón-piedra policromado, y como "modelos" posibles de imitar.
Como complemento, he aquí otros retratos del P. Champagnat:
"De 47 años de edad, talla de 1,79 m, cabellos castaños, frente despejada 1, cejas color castaño, ojos grises, nariz achatada, boca mediana, barba color castaño, mentón redondo, rostro alargado, tez de color muy pálido 2. Señas particulares: una pequeña cicatriz en la parte superior de la mejilla izquierda y otra encima del ojo derecho 3." (Según un pasaporte del 2 de agosto de 1836 [AFM 140.6] )
La Sra. Juliana Epalle - natural de la misma aldea del Rozet
que el Beato, y hermana del Obispo misionero mártir cuya
vocación misionera le fue infundida por Champagnat aún
seminarista -, afirma en su testimonio para la introducción
diocesana de la Causa de beatificación:
"El P. Champagnat era severo, se lo veía reír poco; a pesar de ello se lo quería". (Hno. Agustín Carazo, Témoignages sur Marcellin Champagnat II, p.19, Roma 1991)
Y el P. Pedro Luis Malaure, natural de La Valla y Cura párroco de Valbenoîte, también testimonia en dicha encuesta diocesana:
"Su aspecto serio y severo, su voz grave y gutural, inspiraban de entrada una especie de temor; pero luego de haberlo tratado y escuchado no se tardaba en sentir una respetuosa simpatía hacia él". (Carazo, p. 15)
Añadamos el testimonio del Hno. Silvestre (Juan Félix Tamet), tan conocido por el episodio de la carretilla - y otros menos conocidos que veremos luego - en sus memorias manuscritas, hoy publicadas con el título de "Frère Sylvestre raconte Marcellin Champagnat", Roma 1992.
Dice en el capítulo de sus recuerdos personales tener presente aún:
"...la impresión que me causó su estatura elevada y
llena de majestad, su aspecto bondadoso y grave a la vez, su
rostro que imponía respeto, sus mejillas enflaquecidas, sus
labios poco pronunciados que parecían esbozar una sonrisa, su
mirada penetrante y escrutadora, su voz fuerte y sonora, su
palabra claramente articulada, sin laconismo ni prolijidad, todos
sus miembros bien proporcionados". (Sylvestre, pp. 239-240)
[Cfr. edición de Luis Vives, Crónicas Maristas IV, p. 103]
II.- Ceca
Pero el Hno. Silvestre acota en otros lugares:
"Sin embargo, no hay que creer que su exterior serio y recogido, fruto de esta santa presencia [de Dios], y que a primera vista inspiraba respeto y a veces temor, le impidiese, cuando las circunstancias o las conveniencias lo exigían, ser chistoso e incluso bromista". (Sylvestre, p. 225) [CM. IV, p. 111].
"Añadamos que por su carácter alegre, franco y abierto, se ganó las simpatías de todos sus condiscípulos y las de las diversas personas empleadas en el Seminario [de Verrières]". (Sylvestre, p. 81) [CM. IV, p. 15].
Y cuenta un caso de cómo procedió el Fundador para corregir a un Hno. Director poco cauto, a pesar de reiteradas advertencias, en sus frecuentes charlas con mujeres:
"Un día, durante las vacaciones, viéndose rodeado de varios Hermanos Directores (cosa que no era rara), los invita a sentarse en un banco que allí había; hay que anotar que el Hno. en cuestión se encontraba entre ellos. El venerado Padre, que acechaba la ocasión, vino como por casualidad a sentarse a su lado. Entonces, según su costumbre, se pone a contar una historia para alegrar a la compañía. Pero apenas la ha comenzado, se levanta bruscamente y sacando el pañuelo lo lleva a la nariz, como rechazando un hedor inaguantable, y exclama: - ¡Oh, qué olor...! Y va enseguida a sentarse en otra parte; después, guardando el pañuelo en el bolsillo, continúa su historia". (Sylvestre, p. 258, nº 3) [CM. IV, p. 112]
Hay que añadir que la lección fue óptima y que el Hno. en cuestión se corrigió.
Pero el más elocuente es el testimonio del Hno. Lorenzo (Juan Claudio Audras) 4 :
"El P. Champagnat era de un carácter alegre y suave, pero firme. Sabía entremezclar en la conversación palabras humorísticas a fin de amenizar la compañía. No se sentía nunca incómodo entre los Hermanos. Le hacíamos las preguntas más embarazosas; jamás se lo vio en dificultades para contestarlas, y de una manera tan precisa que dejaba a todos los Hermanos satisfechos". [OME, 167 (756), nº 12]
Aquí se impone recordar lo que la moderna investigación nos ha descubierto: que Marcelino Champagnat fue, en el mencionado Seminario, el cabecilla de "la banda alegre". Así lo dice el Hno. Gabriel Michel:
"De temperamento jovial, llega incluso a ser el cabecilla jaranero ("boute-en-train") a quien se le celebran sus chacotas y fácilmente sobrepasa los límites". ("Né en 89" I, p.290, Saint-Etienne, 1988). Y más adelante, en boca del jefe de estudios, P. Linossier:
"Es juerguista por naturaleza, tiene éxito, y por ello ha llegado a ser una víctima, pues los demás esperan de él que haga el payaso". (Idem, p. 296)
Si el primer año de estudios fue un fracaso y le valió una invitación a quedarse en su casa, pudiendo ser readmitido en el Seminario sólo gracias a las "influencias" del cielo (peregrinación con su madre a la tumba de San Juan Francisco Regis en La Louvesc) y de la tierra (intercesión del Cura párroco Allirot y -dice el Hno. Gabriel Michel- del P. Linossier), este espíritu guasón le valió la nota de "Regular" en conducta. Además, conocemos hoy su resolución de "no volver a los bares sin verdadera necesidad", lo que significa que los frecuentaba por afición. Verrières era una encrucijada de caminos y reunía muchos comerciantes y feriantes, y ya se sabe que los tratos de compra y venta se hacen en torno a un buen vaso de vino. Marcelino, de los más grandecitos (19-20 años), debía ser intermediario en la compra de vituallas para el Seminario.
Así, pues, si la "cara" es un Champagnat adusto y severo, la "ceca" es un Champagnat dicharachero y bromista.
Pero tales afirmaciones piden su confirmación en hechos
concretos y en palabras textuales. Desgraciadamente no poseemos
demasiados, pero si para muestra basta un botón, podemos
enhebrar una pequeña sarta de ellos, como para colgarle un buen
collar, y no de bisutería o de oropel.
1.- Comer la sopa boba.
Escribe el P. Maîtrepierre, Padre Marista impulsor de los escritos sobre los Orígenes de la Sociedad de María, incluidos los del Hno. Juan Bautista sobre el P. Champagnat:
"Frecuentemente usaba un lenguaje teñido de expresiones muy originales. Por ejemplo: Unos meses antes de su muerte, tuve la dicha de pasar una semana a su lado. Cierto día, el Hno. Juan María 5, ecónomo de la casa, le trajo una carta; el P. Champagnat la lee al mismo tiempo que conversa conmigo. De repente, le dice al Hermano: - Tenga, Hno. Juan María, esto le concierne; se trata del Sr. Cura párroco fulano que le presenta un aspirante; parece ser un joven muy formal, pero seguro que eso no le hará perder el apetito 6; si por lo menos tuviera buen codo 7, lo pondríamos a trabajar; pero por desgracia apenas tiene quince años: le va a tragar pan como pelón de hospicio 8, para luego pagarle con un guiso de zancajos [mostrarle los talones, marcharse] 9". [OME, 164 (752), nº 56]
El P. Jeantin, Padre Marista biógrafo del P. Colin, quien lo tiene del P. Maîtrepierre, difiere un poco en el relato:
"Al P. Champagnat le gustaban los candidatos que no temen
el trabajo y tenía, por decirlo así, un don particular para
discernirlos. El P. Maîtrepierre había ido a visitarlo un día;
a su partida, el P. Champagnat lo acompañó un corto trecho.
Mientras caminaban reparó en un postulante que trabajaba en la
propiedad de modo poco satisfactorio. Llamando al Hno. Director
encargado de los postulantes, le dijo con su habitual franqueza:
- "¿Qué es lo que Ud. ha recibido? ¿ Qué beneficio nos
va a traer un joven semejante?. Si por lo menos tuviera buen
codo, quizá pudiera ganarse la vida; pero me temo que después
de haberse hartado de pan 10 le pague con un guiso de zancajos -.
(Témoignages I, p. 169-170)
2.- Un bautismo..., "de cabeza".
Otro ejemplo de su espíritu bromista y de su lenguaje peculiar (no olvidemos que en su región se hablaba un dialecto de la lengua de Oc, afín al provenzal, y que nunca llegó a dominar el francés), nos lo cuenta el Hno. Avit (Henri Bilon) en sus "Annales de l'Institut":
Entre nuestros condiscípulos en el noviciado en 1838 se
encontraba un tal Mercier. Algunos días antes de la toma de
hábito, al levantarse por la mañana, el postulante que no
tenía muy buena vista, rodó por la estrecha escalera de la
casa. Se le avisó al P. Champagnat, quien preguntó inquieto si
se había hecho daño. - No, se le respondió-. Entonces dijo
riendo el buen Padre: - "Bueno, entonces le pondremos por
nombre Hno. Barulás 11-. El mencionado postulante recibió dicho
nombre, pero muy poco tiempo después se volvió a
"barulear" a su pueblo". (Avit I, p. 239, nº 407
y II, p. 433, nº 1)
Otros dos ejemplos de humoradas basadas en juegos de palabras:
3.- Curas y caballos..., "diligentes".
Después de abandonar El Hermitage ("deserción" la llama el P. Champagnat), el P. Terraillon ejerce de Cura párroco en la iglesia de Notre-Dame en Saint-Chamond. El P. Colin sigue considerándolo como de la Sociedad de María en formación y trata de mantenerlo en relación con la Sociedad. Champagnat también mantiene con él buenas relaciones con el mismo fin.
Con ocasión del retiro espiritual de 1836, en Belley, ya aprobada por Roma la Sociedad de María, viajan Champagnat, Terraillon y otros Sacerdotes en una diligencia. El vehículo va muy lentamente y uno de los Sacerdotes se impacienta:
- ¡Coche malo, caballos malos y cochero malo, exclama-: No llegaremos nunca!
- ¡Y malos Curas!, añade el postillón malhumorado.
Los Padres se echan a reír y lo miran al P. Terraillon, único Cura párroco del grupo.
- Lo de "malos Curas" le cae por entero a Ud. solo
-le dice el P. Champagnat-, pues aquí no hay más que un Cura
(párroco) y ése es Usted. (Cfr. Hno. J.B. Furet, Vida I, p.
212, Edición del Bicentenario, Roma 1989)
4.- ¿Quién es el "padre" de la criatura?
Y este otro caso que trae el Hno. Avit:
"En El Hermitage se tenía una vaca con el fin de
procurar leche para los enfermos. El Hno. Doroteo estaba
encargado de ella. Era dicho Hermano un religioso sin estudios,
pero muy piadoso, muy obediente y de una gran simplicidad. El P.
Préher, Cura pároco de Tarentaise, vino un día a visitar al
piadoso Fundador, su amigo. Después del almuerzo, fueron a
pasearse por la huerta. Viendo al Hno. Doroteo que cuidaba la
vaca en el prado del fondo de la propiedad, el P. Préher lo
saludó diciéndole:- ¡Buenos días, Hermano de la vaca!-. El
buen Hermano, que lo tomó por un Padre Marista, le respondió
con ingenuidad: - Buenos días, Padre 12. - ¡Así que -replicó
el P. Champagnat alegremente-, es Ud. el "Padre" de la
vaca! -. Aunque un poco tarde, el P. Préher tomó la resolución
de no abusar de la ingenuidad del prójimo". (Avit I, p.
179, nº 170)
5.- Las alegres comadres..., "de La Valla".
La hermana del Hno.Bartolomé Badard da este testimonio en el Proceso de Beatificación:
El P. Champagnat combatía los grupos de mujeres que se
reunían para "chusmear" o "cotillear", pues
ya se sabe que siempre es en desmedro de la caridad. Un día que
estaba amonestando a un grupo, ve venir a otra señora para
incorporarse al mismo, y exclama:- "¡Vaya, aquí viene la
"chiva 13" que faltaba!-". (Del Summarium, super
dubium..., 73, 38; Roma 1912)
¡Ojo, que muerde!
Esta clase de chirigotas, por inocentes que nos parezcan, no eran del agrado del P. Colin. Y así, siendo ya Superior General, le escribe en una carta al Beato Fundador este reproche:
"La Providencia le ha deparado al P.Chanut para ayudarlo,
fórmelo bien; evite de tratar los asuntos de una manera
arrebatada; evite igualmente toda especie de bromas y
jocoserías, cosas que juzgo totalmente opuestas al espíritu
religioso". (Carta del 27 de octubre de 1837, AFM 122.23)
6.- O me cambian..., o me cuelgo.
A veces, el humor del P. Champagnat está acompañado de muy
suave ironía, y le sirve para corregir -sin herir- a sus
dirigidos espiritual y religiosamente. Así ocurre con la
conocida carta al Hno. Domingo 14 del 23 de noviembre de 1834,
carta considerada como una pequeña obra maestra de psicología
práctica, donde la comprensión, el cariño paternal, el humor y
la suave ironía, unidos a un sano realismo, una llamada al amor
propio, todo lleva a la corrección del arrebatado carácter del
Hermano que le había tajantemente pedido el cambio de comunidad:
Querido Hermano Dominique:
No le creo capaz de llevar a cabo una cabezonada. Usted sabe bien
lo que cuesta cuando se tiene la desgracia de hacer alguna
[probable alusión a su escapada con el P. Courveille].Con un
poco más de humildad y de obediencia sus dificultades no irían
tan mal. Si el querido Hermano Ligorio [el Director] hubiera
dicho que todos los Hermanos lo habían felicitado por tenerlo a
usted como colaborador,¿habría sido Ud. tan ingenuo como para
creerlo? Es imposible, querido Dominique, es imposible que
nuestro modo de ser agrade a todos.
Me dice Ud.que si su remplazante no llega, se va a venir Ud.
mismo a buscarlo. Eso es muy fácil decirlo, pero piense que no
tenemos a nadie [disponible] en la Casa-Madre en este momento. Si
usted viene, se verá obligado a volver como había venido.¿Es
que no debe pagar un poco este año por lo que hizo sufrir a los
que estuvieron con usted? Es usted demasiado recto como para
pensar que no ha contraído ninguna deuda. Paciencia, querido
amigo mío, paciencia. Lo veré dentro de pocos días y lo
arreglaré todo lo mejor posible con la gracia de Dios.
Le habría contestado antes si no fuera por un viaje que acabo de hacer. Póngase mientras tanto en los brazos de María, Ella le ayudará eficazmente a llevar la cruz.
Comparto, mi querido Dominique, comparto sus penas. Dios tiene
bien con qué pagarlas todas; no perderá Ud. nada con El, ni
siquiera los intereses, se lo aseguro.
Diga mientras tanto al querido Hermano Ligorio que los llevo a
todos muy cariñosamente en el corazón, que los amo a todos - a
Ud.también, mi querido Dominique, pues conozco las penas que
tiene que sufrir en su situación, los combates que tiene que
sostener y el afecto que nos ha mostrado en cuantas
circunstancias nos hemos visto -.
Los dejo a todos en los Sagrados Corazones de Jesús y de María:¡son tan saludables sitios y se está tan bien en ellos! Adiós,
CHAMPAGNAT superior.
III.- ... ¡y las Pecas !
Pero hay otro capítulo jocoso que deriva de la necesidad que
tuvo el P. Champagnat en los inicios de la fundación del
Instituto, apremiado por los pedidos de escuelas y por las
necesidades internas del vasto monasterio que había creado en El
Hermitage.
7.- ... Porque de ellos es el Reino de los Cielos.
El P. Maîtrepierre, en su testimonio arriba mencionado, añade:
"Al inicio recibía muy fácilmente a tuertos, cojos, sordos, de rostro contrahecho, sabios, ignorantes, educados, rústicos, y con todo eso fundaba escuelas. - Yo, decía, para hacer mis flechas me valgo de la madera que tengo a mano; cuando necesito un Superior, un director, un profesor, si no encuentro alguien con dos ojos, echo mano de un tuerto; cuando no hallo quien camine derecho, pongo un cojo; pues me digo a mí mismo: Si la Sma. Virgen quiere que esto marche, tendrá bien que ocuparse de ello; de sobra sabe Ella que de otra forma esto no podría andar -. [OME, 164 (752) nº 55]
He aquí, pues, algunos casos de Hermanos realmente pintorescos que hacían que el ambiente que rodeaba a Champagnat fuera muy simpático.
¿Y por qué no empezar..., "por los pies"?
8.- Una sopa..., "enjundiosa".
"Desde 1817 el P. Champagnat se había servido de los
zapateros de La Valla para el calzado de los Hermanos. Desde
varios años atrás los mencionados Diosson y Roux cumplían con
dicho oficio en la casa. Este último tomó el hábito religioso
con el nombre de Hno. Pacomio y el buen Padre lo nombró jefe de
la zapatería. No era muy habilidoso, pero el calzado de los
Hermanos no era, por otro lado, nada remilgado. Se usaba, con
frecuencia, un cuero mal curtido, en el que habrían podido
contarse todos los pelos. Así pudimos ver en 1840 a un joven
Hermano llamado Hno. Ciro, que se mostraba muy descontento de los
zapatos nuevos que le habían proporcionado. Enviado a Craponne,
escuela con numerosos internos, preguntó a otro Hermano sobre el
modo de hacer desaparecer los pelos de sus zapatos. -"Es
bien sencillo, le respondió el Hermano, todas las mañanas los
internos meten su pedazo de tocino dentro de la olla, y así el
caldo se pone bien espeso. Antes de remojar el pan de la sopa,
meta Ud. sus zapatos en la olla durante 5 minutos y verá Ud.
cómo resulta". El Hermanito Ciro puso en práctica el
remedio, y pueden Uds. adivinar en qué pararon sus zapatos. El
caso no habría ocurrido si el cuero hubiera estado mejor curtido
o si el Hno. Ciro hubiera sido menos ingenuo". (Avit I, p.
165, nº 112)
9.- Con clavos en la boca..., pero sin pelos en la
lengua.
"El Padre recibió más tarde [año 1833] a un perturbado
mental llamado Corrompt, a un renguito de nombre Carlos Badois y
al viejo Chazelle, zapatero remendón, que tomó el hábito con
el nombre de Hno. Espiridión".(Avit I, p. 126, nº 227)
"La muerte el Hno. Pacomio dejó la zapatería sin su jefe. El Hno. Basilio, el más capaz después de él, debía poco después partir para Oceanía. La zapatería le fue, pues, confiada al Hno. Espiridión. Era un buen viejo sin estudios, poco habilidoso en su oficio, a quien el buen Padre había recibido por caridad. Su lenguaje era tan francés como el de una vaca española, pero ponía mucho empeño en hacer bien las cosas. "Para ir a Torquía -decía- hay que pasar por Tolón [por Toulon] ". Aunque viejo, le gustaba el juego de bochas 15". El P. Matricon [Padre Marista, capellán de la casa] tuvo un día la visita de algunos Cohermanos. Después del almuerzo los llevó a la terraza grande donde los Hermanos tomaban su recreo. Al ver al Hno. Espiridión, y queriendo divertir a sus convidados a sus expensas, le dijo:- "Hno. Espiridión, he contado a estos Padres que Ud. es muy hábil para las adivinanzas y quisieran ser testigos de ello. -¿Qué es lo que hay que "adevinar" -replicó el Hermano. -Estos Padres quisieran saber por qué las gallinas que son negras ponen huevos blancos". - "Les contestaré -replicó el Hno.- cuando me hayan Uds. "adevinado" por qué el asno que tiene el culo bien redondo hace los cagajones cuadrados 16". Los reidores no estuvieron esta vez del lado del P. Matricon. Estando una noche junto al fuego con el viejo Boiron 17, el Hno. Espiridión le dijo: "Estoy seguro que el diablo se va a frotar bien el culo con nosotros este invierno 18".
No menciona el Hno. Avit que el P. Champagnat estuviera
presente en el recreo de marras, pero es lo más probable, ya que
el Hno. Silvestre dice que tomaba el recreo con los Hermanos y
jugaba con ellos a las bochas. De todos modos, hubiera reído la
chuscada, como tantas veces lo habrá hecho, pues sabía reír
con los que ríen. Por otro lado, su lenguaje en
"patois" (dialecto) le acercaba más los Hermanos.
Pero sigue contando el Hno. Avit:
"Los Padres Capellanes gustaban de jugar a las bochas con él, ya por causa de su jerga lingüística, ya por oír sus pintorescas observaciones. Jugando con ellos un día de pareja con el P. Matricon, le señaló una "bola" a tirar. Para provocarlo y así tener de qué reír, el Padre no le hizo caso y jugó mal. -"Padre, le dijo el Hno. Espiridión acaloradamente, si no "juera" Ud. Padre, le "estamparía 19" mis "bolas" en la cara". Este buen viejo estuvo al frente de la zapatería durante 7 u 8 años. Un día fue a quejarse muy enojado al Rdo. Hno. Francisco [Superior General] diciéndole: "Los Hermanos de los establecimientos me vienen totalmente descalzos. - Pues bien, le respondió el Hno. Superior, hay que calzarlos".(Avit I, pp. 279-280, nº 556 y 557)
"He aquí otra anécdota sobre él. Empleaba a menudo las
palabras "diasque" y "satrechien": eran sus
"palabrotas". Confesándose un día con el P. Besson
[otro Padre Marista Capellán en El Hermitage], se acusó de
haber escandalizado a los "pequeñuelos" Hermanos.
Conociendo su ignorancia, el Padre le preguntó cómo los había
escandalizado. -"Yo les "contábamos 20" la
historia de San Antonio. -¿Y qué historia es ésa? - ¿No la
"sabís" vos, pues? - No. - "Pos" bien, yo
"vos" la "va" a contar,
"¡diasque!": Un día 21San Antonio
"guardábamos" sus cerdos con el diablo. Mientras
"charlábamos", sus cerdos se "mesturaron"
22, "¡satrechien!. Entonces el diablo le dijo a San
Antonio: ¿Qué "que" vamos a hacer? He ahí que
nuestros chanchos 23se han "mesturado". - Yo
"conocemos" los míos, ¡diasque!. - ¿Es que los tuyos
llevan una marca, ¡satrechien! ?. - Sí, claro. - Entonces,
¡diasque!, lleve todos los que tienen la marca. Pero, ¿y cuál
es esa marca?. - Mis cerdos tienen todos un agujero bajo la cola,
¡diasque!. - Y San Antonio se llevó todos los chanchos que
"teníamos" un agujero bajo la cola, ¡satrechien!, y
el diablo no tuvo ninguno, ¡diasque!". El P. Besson debió
quedar muy edificado con tan estrafalaria historia". (Avit
II, p. 435, nº 8)
10.- Patas al aire es mejor.
Sobre el personaje señalado en la nota 17, he aquí lo que nos dice el Hno.. Avit:
"El señor Boiron era un buen campesino de La Valla, de
la aldea de La Rivoire. Era viudo y sin hijos. Cierto día,
cuando aún vivía su esposa, conducía una carreta cargada de
madera, enganchada a sus dos vacas. El camino era estrecho, por
la ladera de la montaña en gran pendiente. Inadvertidamente,
hizo pasar la carreta demasiado cerca del borde del camino. El
vehículo volcó y rodó junto con las vacas hasta el fondo de un
barranco bastante profundo. Ante tal espectáculo, el Sr. Boiron
se echó a reír estrepitosamente y llamó a su mujer, que se
encontraba cerca, diciéndole: - ¡Ven a ver qué hermoso
espectáculo!"-.
"Poco tiempo después del acta antes consignada 24 y habiendo muerto su mujer, el Sr. Boiron le entregó al P. Champagnat su propiedad y se retiró a vivir al Hermitage donde pasó los últimos 8 años de su vida. Dicha propiedad fue vendida en 1837 por 13.000 francos, según da fe el libro de cuentas. Pero el Sr. Boiron había donado alrededor de 40.000 francos en total". (Avit I, p. 179, nº 168 y 169)
11.- Sólo con permiso.
"El Hno. Aarón fue enviado a Mornant para hacer la
cocina, bajo la dirección del Hno. Lorenzo. Quería tener un
permiso explícito para cada uno de sus actos. Un día, entre
muchos, a la hora del almuerzo aún no estaba el horno encendido
y el Hno. Aarón no estaba en la cocina. Se lo encontró,
finalmente, en el desván, tendido sobre un montón de paja. -
¿Por qué no ha preparado Ud. el almuerzo? - le preguntó el
Hno. Lorenzo. El Hno. Aarón le contestó indolentemente: -
¡Ay!, querido Hermano, no tenía permiso. Ya pueden suponer que
tal muchacho no estaba hecho para el Instituto.(Avit I, p. 214,
nº 296)
12.- Un alma en pena.
"El Hno. Alejandro, uno de los primeros discípulos del P. Champagnat, era un buen israelita, de gran simplicidad, como la mayor parte de los "viejos" Hermanos 25. Fundador del establecimiento de La Voulte en 1837, fue después Director durante muchos años del de Semur. Su carácter blando y sus limitados estudios lo obligaron a dejar la clase y confinarse humildemente en la cocina, aunque conservando la Dirección y haciendo observar la Regla lo mejor posible.
"Sus colaboradores probaron a menudo su virtud, y uno de ellos le hizo una noche una mala jugada. La cama del pesado bromista estaba junto al reloj de pared. Por medio de una cuerda hizo sonar el péndulo contra la caja de madera. Al oír el ruido, el Hno. Alejandro preguntó qué era eso. Como no se le respondió, se levantó y se puso a conjurar al alma en pena para que le dijera qué quería. Sus dos ayudantes no decían palabra y el ruido se repetía; así que el Hno. Alejandro los hizo levantar, encendió una vela y rezó un De profundis al que los dos respondían conteniendo la risa. Cuando el péndulo dejó de sonar, se acostaron; pero el Hno. Director quedó convencido de que había oído a un alma que pedía oraciones. (Avit III, p. 262, nº 55 y 56)
Pero de todos los Hermanos de los orígenes es, sin duda, el
Hno. Silvestre el que se lleva la palma de las travesuras
infantiles o ingenuas. He aquí algunas de ellas, unas contadas
por él mismo, otras por el burlón y a veces chusco Hno. Avit:
13.- Conejo con sorpresa.
"Un día que la comunidad se dirigía, después de la oración de la noche, desde la sala de ejercicios a la Capilla, a la que se accedía por una escalera de al menos 40 peldaños, me permití una ligereza bastante curiosa. Como estaba algo oscuro, y creyendo que un Hermano, al que yo hacía de vez en cuando algunas travesuras, estaba detrás de mí, me puse a obstaculizarle el paso mediante cierto movimiento de vaivén, de suerte que él sólo podía subir con dificultad, por lo que emitía profundos suspiros. Llegado al rellano de la Capilla, vuelvo la cabeza para ver la cara que ponía. ¡Oh decepción!, era el P. Champagnat... Yo, naturalmente, esperaba alguna penitencia ejemplar. Pues bien, nada de eso. Cuando fui a verlo el sábado para pedirle los permisos de costumbre, me dijo unas palabras a la vez irónicas y agradables; pero me recomendó que fuese un poco más serio, y jamás volvió a hacer alusión a esta ligereza". (Sylvestre, p. 242, nº 3) [CM. IV, p. 104-105]
El Hno. Juan Bautista modifica un tanto la travesura: dice que
el "Hermanito" Silvestre se le subió a la espalda al
P. Champagnat, sin conocerlo, claro.
14.- La cabra siempre tira al monte.
"Antes de mandarme allí [al taller de tejedores], me
confió el cuidado de dos de esos animales que son cabales
símbolos del capricho 26; los había hecho comprar, tras una
consulta con el médico, para suministrar leche a los Hermanos
atacados de tuberculosis. Como nunca había guardado animales, me
costaba mucho trabajo controlar a estas dos bestias cornudas.
Para conseguirlo, se me ocurrió un día atarlas juntas con una
larga cuerda que yo sujetaba por el medio; las conduje así hasta
la cima de los roquedales, es decir a casi un centenar de metros
de altura. Llegados allí, molestas sin duda de verse así
encadenadas, forcejean, volviéndose a derecha, luego a
izquierda, y terminan por enlazarme; después, tirando cada una
por su lado, me arrojan al suelo, caen ellas mismas, y he aquí
que los tres, así en pelotón, rodamos de roca en roca hasta el
pie de la montaña. El venerado Padre, que no estaba lejos de
allí, al ver esto creyó que me destrozaría el cuerpo;
felizmente no pasó nada. Los tres, bastante aturdidos, nos
levantamos sin tener, creo, ni un solo rasguño. El venerado
Padre había rezado. A la hora del recreo, cuando yo contaba esta
historia, se puso a sonreír, diciendo algunas palabras
graciosas. Después, tomando un aire serio, me dijo: - No es
menos cierto, querido amigo, que lo vi en tan gran peligro que me
sentí obligado a darle la absolución. Agradezca a Dios el no
haberse hecho ningún daño -. (Sylvestre, pp. 243-244, nº 5)
[CM. IV, p. 105]
Y el Hno. Avit añade otras anécdotas:
15.- No es Cura todo lo que parece.
"El joven Hno. Silvestre, de apellido Tamet, tomó el hábito religioso el 15 de agosto de 1831 a la edad de 12 años y medio. Muy atolondrado, cayó en ligerezas que le merecieron numerosas reprimendas. Supo bien recibirlas. Un niño, hermano del Hno. Gregorio, había recibido la primera Comunión y el hábito religioso el mismo día, a los 9 años de edad, el mismo año que el Hno. Silvestre. Recibió el nombre de Hno. Basilio. Un día le pidió al Hno. Silvestre que le cortara los cabellos, lo que éste aceptó. El P. Champagnat no estaba, y se decía que estaría ausente durante 15 días. Antes de su vuelta, debió decirse el nuevo peluquero, los cabellos del Hno. Basilio tienen tiempo de crecer. Hizo, pues, una hermosa coronilla al "Hermanito". Pero he aquí que el P. Champagnat regresó al día siguiente, y presidió el capítulo de culpas. El Hno. Basilio se presentó con su "calotte" (solideo) para hacer su acusación. El buen Padre se la hizo sacar, vio la coronilla y preguntó quién se la había hecho. El Hno. Basilio no acertaba más que a balbucear, pero finalmente confesó el nombre del Hno. Silvestre.
"Al inculpado le tocó también hacer su acusación de
culpas, y debió confesar una serie de ligerezas además de la
anteriormente citada. En el aviso fraterno, los Hermanos
"viejos" alargaron su letanía. - ¿Qué penitencia
merece? - Para corregirlo, dijo uno de los "viejos",
hay que privarlo de su sotana durante algún tiempo. - Bien, vaya
a sacarse su sotana, dijo el buen Padre, y vuelva -. A su regreso
el Hno. Silvestre se mostraba muy avergonzado. - Su caso es
grave, le dijo el Padre, habrá que dar cuenta en el Arzobispado
-. Esta declaración dejó temblando al culpable, el cual se
mostró muy serio durante algunos días, hasta que uno de los
Vicarios Generales 27 vino al Hermitage y reunió a los Hermanos.
Por orden del Padre Superior, el Hno. Silvestre debió hacer
humildemente su acusación de culpas. - Lo ha hecho Ud. por
ligereza, - le dijo el Vicario General. Luego lo abrazó e hizo
que se le devolviera la sotana. (Avit I. p. 106, nº 169)
El héroe de la historia lo cuenta más en detalle:
"Entretanto, se anunció un buen día que Mons. Cattet,
Vicario Mayor, venía a visitar la casa. Después de la
recepción habitual, se dirige a la sala de ejercicios donde
estaba reunida la Comunidad, y nos dirige unas palabras de
edificación. Después, viendo que había en la sala varios
Hermanos jóvenes, se puso a interrogarlos sobre el catecismo.
Entretanto, el venerado Padre se me acerca y me dice bajito, pero
de manera que puedieran oírlo mis vecinos más próximos: - Mi
querido amigo, si quiere recobrar la sotana, tendrá que ponerse
de rodillas en medio de la sala, hacer el capítulo de culpas
ante el Vicario Mayor, sin olvidarse de acusar la falta que se la
ha hecho perder; después le pedirá humildemente que se la
devuelva -. Y dicho esto, se retira sin decirme más. Yo dudo un
instante, pero la sotana gana la partida 28. Me levanto, pues,
con decisión, y heme de rodillas en medio de la sala, ejecutando
punto por punto el programa trazado por el venerado Padre, pero
no sin derramar gruesas lágrimas. El Vicario General, apreciando
mi falta en su justa medida y no viendo en ella más que una
chiquillería sin malicia alguna (y he sabido más tarde que, en
el fondo, el venerado Padre la juzgaba del mismo modo, pero que
su objetivo era corregirme y dar a todos un ejemplo del respeto
que se debe tener a las cosas santas), el Sr. Vicario me ordena
que me acerque, me abraza y me dice: - ¡Vaya enseguida a buscar
su sotana, quiero vérsela puesta antes de salir de aquí! -.
Salgo al instante, después de habérselo agradecido vivamente, y
poco después me presento en hábito religioso ante el ilustre
personaje. Me dirigió unas palabras más de ánimo, me abrazó
de nuevo, y se retiró con unas palabras de despedida dirigidas a
la Comunidad". (Sylvestre, p. 246-247, nº 4) [CM. IV, p.
107]
16.- Un viaje..., "con tropiezos".
Sigue contando el Hno. Avit:
"No por ello se acabaron sus ligerezas, especialmente en clase. Un día el Hno. Juan María perdió la paciencia y le dio 1.200 líneas en penitencia. El Hno. Silvestre fue lloriqueando a ver al buen Padre, quien le hizo prometer, por centésima vez, de ser más reflexivo. Luego le entregó un papel en el que le perdonaba las líneas; llevaba el papel su sello estampado en cera. Después de muchas pruebas, el buen Padre hizo llamar al Hno. Silvestre, en 1833, y le dijo que se preparara para ir de cocinero a Ampuis. Tenía que ir a pie, llevando su bolsa de viaje. - No conozco el camino-, dijo el Hermanito de 14 años. - Yo lo acompañaré hasta Chavanay-, replicó el Padre. Tome el camino de Saint-Martin y vaya adelante, yo lo alcanzaré. El Hermano salió y se perdió.
"Un cochero lo vio y lo llamó para invitarlo a subir a
su carruaje. El Hno. Silvestre tuvo miedo y huyó. El Padre
llegó a caballo y lo detuvo en su huida 29. Desmontó e hizo
subir al Hno. Silvestre, acomodó los estribos a su medida 30, le
indicó el modo de conducir el animal y el camino a seguir,
encomendándole de esperarlo al llegar a La Croix-de-Mon-Vieux.
El joven jinete partió al trotecito, y fue fijándose en todas
las cruces que encontraba por el camino. No encontrando ninguna
que llevara el nombre de Mon-Vieux, atravesó el desfiladero de
dicho nombre y llegó a Pélussin. A la entrada del pueblo se
encontró con un concurrido entierro. Su caballo pasó muy
erguido por en medio del cortejo. El pequeño jinete se sacó el
tricornio y se mostró muy sereno. Todas la miradas estaban
clavadas en él. Al terminar el pueblo, se hizo indicar el camino
de Chavanay. Una vez llegado y averiguado la casa de los
Hermanos, ató su cabalgadura a la puerta y entró resueltamente
en la clase de los mayores. Todos los chicos se pusieron de pie,
exclamando: - ¡Qué Hermanito tan pequeño! El Hno. Domingo
empujó al recién venido fuera de la clase y lo encerró en un
armario 31. Al terminar la clase, todos los alumnos pedían a los
gritos al Hno. Domingo: - Muéstrenos al "Hermanito" y
le daremos 20 centavos -.
"Cuando todos se retiraron, el prisionero fue liberado. Por fin llegó el P. Champagnat, con los pies molidos por la larga caminata y le dijo a su compañero de viaje: - ¡Bribonzuelo, le había dicho de esperarme en La Croix-de-Mon-Vieux!. - ¡Miré todas las cruces, respondió el Hermanito, y ninguna llevaba ese nombre! 32. - Está bien, replicó el Padre, el Hno. Director lo conducirá enseguida a Ampuis33-.
"Al Hno. Domingo le gustaban poco los
"Hermanitos". Le señaló a éste el camino y lo dejó
ir solo. En Condrieu un grupo de chiquillos lo persiguieron y
quisieron echarlo al Ródano. Se escapó huyendo a toda carrera.
Más adelante, una mujer lo llamó y quiso "meterlo en su
delantal". Un grupo de muchachas hicieron un círculo a su
alrededor. Atropelló a dos de ellas y pudo escapar. Al entrar en
el pueblo de Ampuis, un habitante lo saludó con estas palabras:
Buenos días, pequeño "cuervo 34". El Hermanito lo
miró de través y siguió sin saludarlo. Llegó furioso a la
casa de los Hermanos echando pestes por la grosería de las
gentes del país.
17.- Cocinar..., ¡ no es sólo romper huevos !.
"Pocos días después, tuvo que hacer una tortilla.
Adiestrado por los Hermanos, tomó tan bien sus precauciones
para dar vuelta a la tortilla que la mandó sobre un armario
que estaba en el rincón de la cocina.
18.- La vida no es cosa "de serios".
"Los otros dos Hermanos de la escuela eran personas muy serias, lo que no le iba nada bien al Hno. Silvestre. Un día subió la carretilla a la sala de estudio.
"En las vacaciones, el Hno. Director se quejó muy
vivamente al piadoso Fundador por las ligerezas de su joven
cocinero y le mencionó el caso de la carretilla. - No tienen
razón de comportarse con tanta seriedad con él, replicó el
Padre. Ese Hermanito necesita distraerse de cuando en cuando. Si
hubiera subido la carretilla hasta el desván, le daría en
premio una estampa... Todos estos detalles los tengo del Hno.
Silvestre mismo 35. (Avit I, pp. 105-108, nº 168-175)
19.- Los "petisos" también crecen.
"El Hno. Silvestre llegó a ser más tarde un fumador
emérito. Olía a tabaco a 10 metros de distancia y perfumaba
molestamente a sus cohermanos en las reuniones. Fue un celoso
profesor durante toda su vida, pero su metodología debería
haber sido más adecuada, más al alcance de sus alumnos. Era
sobre todo amante de la catequesis, y obtuvo la gracia de hacerla
hasta el fin de sus días. (Avit III, p. 397, nº 33)
20.- Estimular..., pero no tanto.
"Se suprimió el internado de La Grange-Payre [en 1848] y se estableció en su lugar una escuela llamada "del brevet" [del certificado]. Jóvenes "Hermanitos" y también algunos "viejos" eran allí aguijoneados por el Hno. Silvestre. Todos ellos venían los domingos a pasar el día en El Hermitage. Para estimularlos, el Hno. Silvestre había hecho colocar en el recibidor un hermoso cuadro dorado. Allí exhibía las composiciones de sus alumnos todos los sábados.
"Los "viejos", siempre últimos, se sentían muy molestos. Se complotaron. El cuadro fue hecho pedazos y los restos arrojados a la cloaca durante la noche del sábado al domingo. El profesor dio cuenta del hecho al Rdo. Hno. Luis María bien temprano en la mañana. Al llegar el momento de comulgar, el Rdo. Hno. Asistente prohibió a los destructores del cuadro de acercarse a la Santa Mesa. Todos los de La Grange-Payre se quedaron en sus puestos...
"Este asunto causó gran conmoción en toda la casa. Se
hicieron averiguaciones, pero sin éxito. El Hno. Silvestre
removió cielo y tierra. Ni comía, ni bebía, ni dormía. Los
"viejos" estaban inquietos. El Rdo. Hno. Juan Bautista
llegó 3 días más tarde. Dijo que los "viejos" eran
las "cabezas fuertes 36" del Instituto. Estos, no
interpretando su pensamiento, se sentían triunfantes. Fueron
repuestos en sus establecimientos. El asunto había trascendido.
Interrogado sobre ello, el Hno. Domingo contestó: - Ese tipejo
se reía de los viejos 37, se lo ha metido en razón; muy bien
hecho-. El Hno. Domingo no había entendido que el Rdo. Hno. Juan
Bautista no aprobaba la acción de los viejos, pero que los
volvia a colocar en sus puestos porque los juzgaba demasiado
grandes para estudiar en serio 38. (Avit II, pp. 179-181, nº
36-38)
Otros casos graciosos:
21.- De gustos y colores...
"El Hno. Policarpo entró en el noviciado a la edad de 30 años. Ya había ejercido como maestro de escuela. Era de una ingenuidad infantil. Ciertos Hermanos alabaron un día ante él a los maestros laicos. Impugnó lo que decían. Como sus contradictores insistieran (para reír), les respondió malhumorado: - Yo los conozco mejor que Uds., puesto que también he sido maestro al igual que ellos -. Nombrado Director, el Hno. Policarpo quiso, varios años más tarde, visitar a una marquesa. Fue introducido en un hermoso salón, junto con el Hno. que lo acompañaba. Llegó la marquesa. El buen Hno. la saludó lo mejor que supo y, señalando un cuadro, le dijo: - Tiene Ud. ahí un hermoso cuadro de Ntro. Señor -. La marquesa se mordió los labios para no reírse. ¡El cuadro señalado representaba a Baco sentado sobre un tonel de vino!..."
"En el mismo paseo, acompañado por los Hnos. Germán y
Aquilino, el Hno. Policarpo fue a visitar a los Hnos. de
Saint-Antoine y quiso saludar al Sr. Cura párroco. Este,
tomándolo por uno de los "grandes bonetes" (grandes
personajes) del Instituto, se invitó a sí mismo a comer en casa
de los Hermanos. Al llegar, envió dos botellas de buen vino
añejo al Hno. cocinero, recomendándole no ponerlas en la mesa
hasta que él no le hiciera señas. El momento llegado,
descorchó una de ellas y sirvió un vaso a cada uno de los
convidados. Varios de ellos, atentamente, cantaron loas a la
excelencia del vino. El Hno. Policarpo había bebido su vaso sin
decir nada. Al `parecer, el Sr. Cura tenía más a su opinión
que a la de los demás. Le sirvió, pues, un segundo vaso. El
Hno. lo saboreó lentamente, los ojos chispeantes, y dijo: -
¡Ah, pequeño miserable, yo he bebido vino mucho mejor que
éste!. El pobre Cura párroco quedó perplejo, y los demás
Hermanos con los ojos bajos de vergüenza".
22.- Carta bomba.
"Siendo a la vez Director y cocinero en Ampuis, su vicedirector le hizo una mala broma. Le escribió una carta llena de reproches, la firmó con el nombre del Hno. Asistente, y la hizo echar al correo en Vienne. Al recibirla, el Hno. Policarpo quedó desconcertado. La dio a leer al mismo vicedirector, quien simuló consolarlo y lo alentó para que fuera ante el Hno. Asistente como se le pedía en la carta".
"Al verlo, el Rdo. Hno. Luis María le manifestó su extrañeza por la visita. - ¡Desgraciado!, dijo el Hno. Policarpo, vengo a ver por qué me ha Ud. reprendido tan ásperamente. - Yo no le he escrito, - contestó el Hno. Asistente. - ¡Miserable!, aquí tiene Ud. la carta, replicó con viveza el Hno. Policarpo. Entonces el Hno. Asistente le hizo comprender que su vicedirector se había burlado de él. - ¡Ah, el mocoso; me las va a pagar!.
"Sus colaboradores le hicieron muchas otras burlas, pero
sería muy largo contarlas". (Avit I, pp. 101-102, nº
154-157)
23.- También de ellos es el Reino de los Cielos.
"Los Hnos. Alejo, Honorato y Anselmo eran Hermanos muy
abnegados, pero tenían su originalidad. El primero estaba tan
apasionado por el juego de bochas, que un cohermano pudo decir: -
Si no hay juego de bochas en el Paraíso, el Hno. Alejo no se
quedará allí -. El segundo "batió el mortero" para
el Hno. Pedro, el cual le puso por sobrenombre "La
Bardella" 39. Ponía mucho esmero en el canto, sin lograr
dominarlo; los novicios se tentaban de risa en la Capilla al
verle abrir grandemente la boca, como boca de horno. El tercero,
después de una fervorosa meditación el día de la Ascensión,
quiso volar al cielo y se tiró desde lo alto de la escalera de
la Capilla, volando hasta el suelo. Se rompió una pierna, se
hundió dos costillas, tuvo que guardar cama durante 40 días, al
cabo de los cuales se lo despidió". (Avit I, p. 166, nº
114)
24.- Reyes entre los ciegos.
"El Rdo. Padre siguió enviando al P. Mazelier [a
Saint-Paul-Trois-Châteaux] aquellos Hermanos que iban a ser
sorteados para el servicio militar. Unos eran empleados en las
escuelas fundadas por el P. Mazelier, tales como el Hno.
Gerásimo; otros estudiaban en El Hermitage, siempre que hubieran
obtenido su "brevet" (certificado de estudios) o
hubieran sacado un número bajo, tales como los Hnos. Caritón,
Rafael, Colombano, y otros. Los del Hermitage los consideraban
como grandes sabios. Algunos, en efecto, discurrían
interminablemente durante las vacaciones sobre la regla de tres y
la raíz cuadrada. Hacían larguísimas demostraciones que sus
oyentes no comprendían, y en las que ellos mismos, a veces, se
perdían. El buen Padre continuó igualmente haciendo estudiar a
sus Hermanos, sometiéndolos a exámenes, ejercitándolos en la
redacción, etc." (Avit I, p. 251, nº 457)
25.- ¿Era o se hacía?
"El Hno. Blas era un gordo hinchado de sopa, en el que la materia había ahogado al espíritu. Provenía de una parroquia irreligiosa. Se le permitió ir a su pueblo con el fin de probarlo y para que consiguiera el dinero para el pago de su noviciado. En el camino se proveyó de un rabat y de una faja eclesiástica. Tenía una hermana tan "inteligente" como él. Cuando estaba con ella, llegó un señor a caballo, se detuvo ante la puerta y pidió hablar con ella. El Hno. Blas mandó enseguida a su hermana que fuera a buscar a un albañil para que el jinete pudiera entrar. Apenas ella había dado diez pasos, el caballero desmontó de su cabalgadura. Entonces el Hno. Blas la llamó, diciéndole: - Vuelve, hermanita querida, que el buen señor "se desmonta" 40. De regreso al Hermitage, contó a los demás que en camino había cambiado de plumas, que todos los habitantes de su pueblo, tomándolo por un Cura, lo saludaban con grandes reverencias. - Los hombres no van a misa a mi casa, añadió, pero el respeto humano no me ha impedido de ir yo a ella. Sólo que para no dar pábulo a los chismes, me escondía tras del altar -.
"El Hno. Blas había vuelto sin el dinero de su
noviciado, así que se le devolvieron sus pertenencias y se lo
despidió. ¡Vaya pérdida! ". (Avit I, pp. 257-258, nº
480)
26.- Una "pareja" ... ¡ de tres !
"El Hno. Cástulo había servido como criado de los
Hermanos de La Côte-Saint-André, y había podido dar libre
curso a su carácter juguetón. Un día ató un brazo de
"Sor" Marta 41 con una cuerda bastante larga al cuello
de una vaca y el otro brazo al cuello de una cabra; luego azuzó
los animales riéndose a carcajadas ante los gritos que profería
"Sor" Marta". (Avit I, p. 258, nº 482)
27.- ¿Quién dijo que la Matemática es difícil?
"El Hno. Eleazar era un poco apático, pero de muy buen
carácter y de una abnegación total. Algún tiempo después [de
su entrada al noviciado] se lo puso en clase para estudiar. Un
día el querido Hno. Luis María le hizo pasar al pizarrón y le
dio una división de fracciones. El nuevo alumno no lograba
resolverla. Impaciente, el profesor amenazó bajarse de su
cátedra. - ¡Ah, haría Ud. bien de hacerlo! -, le respondió
con parsimonia el Hno. Eleazar. Viendo que era imposible la
solución que el alumno llevaba, le gritó: - ¡Torpe!, ¡dé
vuelta la fracción del divisor!. El alumno, que era fornido,
tomó tranquilamente el pizarrón, que estaba colocado sobre un
caballete, y le dio vuelta. Claro, todos se echaron a reír a
carcajadas, incluso el impaciente profesor". (Avit I, p.
261, nº 490)
28.- No son las "rimas" de Bécquer, pero...
"Almorzando un día en Chavanay, en el año 1839, el cronista 42tuvo que ir a cierto lugar [eufemismo por el "baño"] . Halló las "casillas" muy sucias. Entró, pues, en una de las clases y escribió la siguiente cuarteta, que luego fijó en una de las "casillas":
¡Oh vosotros, que en estos estrechos sitios
Venís a descargar vuestras tripas,
Mejor haríais en chuparos los dedos
Que no en frotarlos contra las paredes!.
"El buen Hno. Lorenzo, el Director, se mostró muy
molesto por la cuarteta. Pero en vano anduvo inquieto de acá
para allá haciendo averiguaciones para descubrir al autor
43". (Avit II, p. 436, nº 13)
29.- ¡Siempre los números!
"El Hno. Próspero era un sujeto con más humos que
capacidad. Habíamos asistido 44 a una de sus lecciones. Hacía
demostraciones matemáticas interminables y llenaba de números
todo el pizarrón. Sus oyentes abrían grandemente los ojos y no
entendían nada. Los tildaba de "troncos" y terminaba
por enredarse él mismo". (Avit II, p. 21, nº 22)
30.- ¡Cruz diablo!
"Este último [el Hno. Ireneo] era un simple peón, muy abnegado, muy escrupuloso, a quien se le había dado el hábito religioso a causa de su abnegación. Durante las meditaciones se colocaba cerca de la pila del agua bendita en la sacristía, y a cada momento tomaba agua bendita para hacer la señal de la cruz. Hallándose cierto día en la huerta, una mujer que había extraviado el camino vino a preguntarle por dónde ir. El Hno. Ireneo, que hasta entonces no la había visto, la miró estupefacto, hizo una gran señal de cruz y huyó a todo correr. La pobre mujer tuvo que arreglárselas como pudo. Este buen Hermano murió en un accidente en La Grange-Payre, bajo un derrumbamiento cuando trabajaba en una zanja". (Avit II, p. 66, nº 96)
31.- ... El demonio y la carne.
"El Hno. Francisco Regis era un religioso fervoroso, pero
muy escrupuloso. Siendo Director en Séon-Saint-Henri, cuando
hacía la cocina iba a la misa de las 8. Era la hora en que las
muchachas salían de las fábricas. Para no verlas, el buen
Hermano cerraba los ojos cuando se acercaban. Una de ellas se
percató de ello un día y dio aviso a sus compañeras. Todas se
tomaron de las manos, ocupando toda la calle, rodearon a nuestro
escrupuloso y una de ellas, ante las risotadas de las demás, lo
abrazó. El pobre Hermano no supo dónde meterse". (Avit II,
p. 98, nº 75)
32.- El espíritu de la golosina.
El 17 de junio de 1845 se efectuó la traslación de las
reliquias de San Prisciliano, conseguidas por Mons. Epalle en
Roma, a la Capilla del Hermitage.
"Después de la ceremonia, almorzaron en casa los
músicos, varios eclesiásticos y autoridades. Por orden del Rdo.
Hno. Luis María, entonces ecónomo, el Hno. Estanislao había
comprado bizcochos, mazapanes y otros dulces como postre. Los
había guardado en una alacena. Los postulantes y los
"Hermanitos" de servicio los descubrieron y quisieron
saborearlos; como los encontraron exquisitos, los comieron hasta
el último. A la hora del postre, el buen Hno. Estanislao fue a
buscarlos en vano. Como no era posible procurarse otros en el
momento, dada la distancia de Saint-Chamond, dichos Señores
tuvieron que pasarse sin las golosinas. Los Hnos. Luis María y
Estanislao se mostraron muy contrariados, pero los hechos estaban
consumados. Los culpables fueron amonestados seriamente y
recibieron consejos propios a llevarlos a triunfar de la
tentación de gula". (Avit II, p. 117, nº 36)
33.- Cervantes..., tamañito nomás.
"El Hno. Porfirio fue a fundar la escuela de Saint-Chef en 1857. Allí se le subieron los humos a la cabeza y escribió esta carta al Sr. Cura párroco:
"Sr. Cura párroco, o hacemos una distribución de premios o no la hacemos en absoluto. Si distribuimos premios, es necesario que yo los haga llegar de arriba, de Grenoble, donde hay un Seminario y donde yo iré; o bien yo podré conseguirlos en nuestra casa de Trieux, donde hay un cementerio de minas. En uno u otro de ambos casos enojosos, es necesario: 1º, que desuelle un viejo caballo de desecho, pero que aún arrastre a sus semejantes al cementerio, que venda al chalán de Grenoble un grande y hermoso mulo de la Gran Cartuja junto con la piel de un asno de buena "venida" 45; 2º, que entierre un caballo de campo 46de pequeña alzada y de raza de Auvernia que me han dado para restablecer, arisco, desconocedor de la mano que le sirve el heno y la avena y sólo manifiesta repugnancia a las infusiones de "palma christi" preparadas por los cocineros del país; que, en fin, meta en la misma fosa dos otras piezas que aún sirven, a falta de otra y a pesar de su poco valor. ¿Qué le parece que debo hacer?".
Firmado: Hno. Porfirio.
"El Sr. Cura párroco quedó admirado de este nuevo
género de poesía y desafió a sus dos Vicarios parroquiales a
igualarlo. Después de tal despropósito, dicho Hermano fue
llamado a Saint-Genis 47, donde causó desasosiego y finalmente
fue devuelto a su familia". (Avit II, p. 178-179, nº 31)
34.- Ruido de ángeles.
"El Hno. Aidant remplazó al buen Hno. Juan María al
frente del noviciado del Hermitage. El excelente Hno. Estanislao,
que seguía siendo diligente sacristán, convenció al Sr. Ginot
de la aldea de L'Ayat 48para que le comprara un armonio de 4
juegos. Llevó esta diligencia en secreto,
queriendo dar una agradable sorpresa a todos los Hermanos.
"Cuando llegó el instrumento, hubo que llamar a un pianista civil de Saint-Etienne para que lo tocara. El buen Hno. Estanislao quedó desconcertado. En vez de las felicitaciones que esperaba, sólo recibió reprobaciones. El Rdo. Hno. Luis María fue quien menos se las ahorró. - Torpe, le dijo, se ha contentado Ud. con un instrumento cualquiera; si hubiera Ud. sabido hacer las cosas, el Sr. Ginot le habría comprado un órgano -.
"El armonio se guardaba en la sacristía durante la semana. Este analista [el Hno. Avit] aprovechó el momento en que todos estaban en la gran terraza 49, se introdujo subrepticiamente en la sacristía y ensayó tocarlo. Nunca había tocado un teclado ni había recibido lección alguna, ni de ningún maestro ni de ningún libro. Sólo su oído le sirvió de guía. El Hno. Aidant lo oyó y se acercó para escuchar. Fue luego a decirle al Hno. Superior que había encontrado un organista en la casa y que no era necesario pagar a un civil foráneo.
"El Hno. Superior llamó al organista improvisado y le mandó tocar en adelante. El Hno. Estanislao se opuso. - Ese Hno., dijo, no sabe tocar y estropeará el instrumento -. El Hno. Superior no cedió. El Hno. Visitador [Hno. Avit] tocó, pues, y a falta de suficientes conocimientos musicales, al menos hacía ruido. Todos estaban encantados. El propio Rdo. Hno. Luis María preguntó dónde habían comprado el nuevo instrumento. - Es el mismo, le fue respondido.
"El buen Hno. Estanislao estaba en la gloria y encomió mucho al nuevo músico. - Al menos, le dijo, ha comprobado Ud. que mi instrumento es fuerte -. El nuevo empleo fue una carga de más para el Hno. Visitador, pues debía volver a casa cada fiesta, cosa que multiplicaba sus viajes y retrasaba sus visitas.
"El Hno. Marie-Jubin tocaba los domingos. A los Hnos. no
les gustaba oírlo y alegaban que les hacía dormir. Manifestó
un día su extrañeza al involuntario competidor, el cual le
contestó: - Mi buen Hno., tiene Ud. más música en la punta de
su dedo meñique que yo en todo mi cuerpo; pero Ud. sólo quiere
hacer oír sonidos matemáticamente estudiados. Ud. busca a
tientas para encontrarlos y así arrastra y adormece. Imíteme a
mí, haga ruido. Acuérdese que los oyentes no saben nada de
música y que los tuertos son reyes en el reino de los ciegos -.
El buen Hno. no captó la lección, y continuaron a vituperarlo
cada vez que tocaba". (Avit II, pp.207-209, nº 1-7)
35.- El agua milagrosa.
"El Hno. Dacio era iletrado. Había desempeñado con
eficiencia el cargo de cocinero jefe en la Casa-Madre. Pero el
calor del horno o las fatigas del empleo habían terminado
trastornándole el cerebro, y pasó varios años en una especie
de alucinación o sonambulismo. Una noche estuvo persiguiendo a
un supuesto carnero por la propiedad de Saint-Genis. Otra noche
fue a lavarse al Ródano, en Oullins. En otra ocasión fue a
postrarse ante la puerta cerrada de la iglesia de Beaunant en la
que pretendía haber visto a la Sma. Virgen darle orden de
cumplir con una misión secreta ante el Papa.
"También le señaló la Sma. Virgen una hierba de la que
debía servirse para curar toda clase de enfermedades. Vuelto en
sí, notificó del específico a sus cohermanos, los cuales
tuvieron la ingenuidad de creerlo y así compusieron, con la
hierba indicada, un líquido que bautizaron con el nombre de
"eau-Dace" 50. Esta agua fue puesta en venta. Varios
Hnos. se la procuraron y algunos pretendían que les había
curado ciertas "pupas". Entre los encomiadores del agua
medicinal figuró un "gran bonete" (personaje
importante) cuyo nombre callamos". (Avit III, p. 260, nº
50)
En todas partes se cuecen habas.
No sólo hubo Hermanos un tanto raros, otros también
protagonizaron anécdotas risueñas a su favor, y otros ...., no
eran "Pequeños" Hermanos de María.
36.- Un Hermano latinista.
"La escuela de Chavanay fue fundada por el Sr. Cura Gaucher, el cual corrió con los primeros gastos. El Hno. Esteban fue su primer Director. La casa era muy pequeña y las clases estaban atestadas de niños. Orgulloso de su obra, el P. Gaucher llevaba a menudo a sus Cohermanos sacerdotes para que vieran a los Hermanos y a sus alumnos. Trajo un día a un Cura gordo, el cual, después de haber observado todo con aire socarrón, dijo al P. Gaucher, en latín, que todo lo que observaba le parecía despreciable. El Hno. Esteban le respondió con una frase latina muy mordaz. El Cura gordo, atónito, miró al Hno. de arriba abajo, tomó su sombrero y salió de estampida. El P. Gaucher lo siguió riendo y le dijo que había bien merecido 51 la certera réplica del Hno. Esteban". (Avit I, p. 51, nº 75)
37.- Curas..., de misa y olla.
Uno.-
"Un Cura ingenuo, de la diócesis de Dijon, pidió le enviaran un Hermano soltero para su parroquia. Tal Hermano debería ser maestro, secretario de la Municipalidad, cantor en la iglesia, sacristán, tañedor de campanas y enterrador. - Con todos esos empleos, decía el buen Cura, podrá bien alcanzar el sueldo de 500 francos. Ya ve Ud. que no podría vivir teniendo mujer e hijos -. La ingenuidad del pedido causó muchas risas en El Hermitage e hizo pensar que el Sr. Obispo de Dijon reclutaba su clero donde mejor podía". (Avit II, p. 250, nº 90)
Y dos.-
"Al P. Roujon le gustaba bien reír. Un abate amigo suyo,
de apellido Chion, vino a visitarlo. En la conversación, el P.
Roujon le dijo riendo: - En rigor, yo podría bien llegar a ser
Obispo, pero tú, imposible. - ¿Por qué?, preguntó el otro. -
Yo podría bien, repuso el primero, poner en cabeza de mis
escritos pastorales: Nos, Roujon 52, por la gracia de Dios,
etc... ¿Te atreverías tú a poner: ¡Nos, Chion 53, por la
gracia de Dios!...? " (Avit III, p. 62, nº1 29)
38.- Yo no creo en brujas, pero que las hay... ¡ las hay !
"El primer Director de la casa de Saint-Genest-Malifaux fue el Hno. Pedro María que había hecho buena parte de los estudios eclesiásticos. Más diligente que prudente en el reclutamiento de vocaciones, llevaba postulantes por medias docenas a la vez, pero casi todos retomaban el camino de sus montañas. Después de 6 años se contaron hasta 12 los "défroqués" (los que habían colgado el hábito) de una sola vez en Saint-Genest. Sólo quedaron los Hnos. Eutimio, Bassus, Juan y Bazin. La calidad, es verdad, compensaba con creces la cantidad, pero los desertores produjeron un mal que podría haberse evitado dejándolos en su casa.
"Dirigíamos entonces nosotros [el Hno. Avit] ese establecimiento, después de los Hnos. Pedro María y Andrónico. Se produjo entonces un hecho que tenemos interés en contar aquí. La escuela ocupaba un local alquilado por el municipio y cuyo propietario, llamado Courbon, había muerto hacía 6 años. Al parecer no se había dicho ninguna misa por él en todo ese tiempo. Uno de sus hijos, pasante del notario Baleydier, ocupaba un cuarto en la casa. Sólo estaba en él durante la noche. Teníamos una buena cantidad de "camaristas" 54. Algunos nos informaron un día que un misterioso ruido los tenía asustados en las noches. Nosotros dormíamos en el mismo dormitorio y nada habíamos oído. Nos cercioramos de que ni las puertas ni los postigos de las ventanas producían tal ruido, ni tampoco otro agente material. Por otro lado, hacía un tiempo muy sereno.
"La noche siguiente, a las 11, oímos el mencionado ruido, así como la mayor parte de los niños que se habían despertado. Se oía nítidamente en dos habitaciones contiguas, pero sin comunicación la una con la otra, situadas debajo del dormitorio. El ruido semejaba al que produciría un golpe de martillo sobre una tabla. Se oía alternativamente más o menos cada 30 segundos de intervalo un golpe en un extremo de una de las habitaciones señaladas, luego otro golpe en el extremo opuesto de la otra. Después de habernos cerciorado de dónde provenía el ruido, encendimos una vela y bajamos prestamente, descalzo aunque estábamos en invierno, a la puerta de dichas habitaciones. Estaban intactas, cerradas con llave e imposibilitadas de producir cualquier ruido. Las ventanas no tenían postigos. Quedamos allí una decena de minutos sin oír nada. El hijo del Sr. Courbon roncaba en otra habitación. Pronto el frío nos obligó a subir al dormitorio y a meternos en la cama. Minutos después, el ruido se reinició como anteriormente y duró cerca de una hora. Tuvimos que tranquilizar a los niños, pues casi todos estaban despiertos y asustados.
"Al día siguiente dimos cuenta del hecho al Sr. Courbon hijo. El no había nada oído y nada nos contestó. Esto ocurría un sábado. A la noche siguiente la intriga empezó de nuevo y tuvimos miedo de que los internos fueran a rogar a sus padres, al día siguiente, que los sacaran de la casa, tan asustados estaban. Se anunciaron misas en el sermón del domingo por el propietario difunto. El anuncio nos sorprendió un tanto. Y mucho más el que ninguno de los "camaristas" se retirara y que el ruido en cuestión cesara totalmente.
"No somos nada supersticioso ni demasiado crédulo, pero planteamos el hecho ante quienes se glorían de no creer en almas en pena". (Avit I, pp. 144-146, nº 39-43)
Y si empezamos por los pies, bien está que concluyamos por la
cabeza, nada menos que con "testas profesionales".
39.- Competiciones académicas.
Va la primera.--
"Los Hermanos de las Escuelas Cristianas habían establecido un internado en Beaurepaire, Isère, el año anterior [1848] corriendo con casi todos los gastos. Para surtirlo habían incluido un núcleo de alumnos de su colegio de Vienne. Organizaron una charanga [orquesta de instrumentos de cobre], cuyos mejores ejecutantes provenían igualmente de Vienne. En el último verano, la charanga fue a exhibirse, los domingos, en la mayor parte de las vecinas parroquias, particularmente en Bougé donde los feligreses quedaron escandalizados de ver a los músicos, Hermanos y alumnos, faltar a las Vísperas. El Hno. Renovato, Director, había sembrado ampulosos prospectos por todas las direcciones.
"El civil maestro de música de su casa de Vienne les había oído decirse entre ellos a los Hermanos: - Es preciso que nuestros internados de Vienne y de Beaurepaire aplasten al de los Hermanos Maristas de La Côte-Saint-André -. El mencionado músico laico le trajo el informe de dichas palabras al Hno. Eutropio, Director de La Côte, y al Hno. Víctor, Director de Viriville, ya bastante molestos por los prospectos y las fanfarronadas del Hno. Renovato. Instigado por el Hno. Víctor, el Hno. Director de La Côte haciéndose pasar por un padre de familia con dos hijos a colocar como internos, escribió al internado de Beaurepaire. - Tenemos aquí, escribió, un internado de Hermanos que marcha bastante bien, pero se dicen cosas tan hermosas del suyo, que quisiera tener precisos informes antes de decidirme por uno -. Aturdido por tantos humos, el Hno. Renovato cayó en la trampa. Le envió al supuesto padre de familia una larguísima respuesta que contenía una crítica a los ignorantes Hnos. Maristas, una letanía de hinchados elogios por la casa de Beaurepaire, y un programa de estudios que contenía de todo, hasta lenguas vivas.
"Por desgracia, el habilidoso sujeto había incluido en su obra maestra nada menos que 13 faltas de redacción y ortografía. Había incluso enviado dos números al Sr. Ducret (era el nombre ficticio del Hno. Eutropio) para marcar la ropa de sus dos hijos, para quienes confesaba hacer concesiones especiales. Los esperaba al iniciar el curso. Pero los esperó mucho tiempo, y los dos "tentadores" tuvieron mucho que reír por la aventura. Por otro lado, dicho internado, tan excelentemente organizado, duró pocos años". (Avit II, pp. 200-201, nº 61-63)
Y va la segunda.-
"Fastidiado por los medios empleados por los Hermanos de las Escuelas Cristianas para atraer alumnos de Valbenoîte a su internado de la calle Désirée, el Hno. Cyrion les hizo una broma de su repertorio. Se sirvió para ello de la lavandera, que no era ciertamente la menos intrigante de las hijas de Eva. Dicha mujer fue a ver al Director de las Escuelas Cristianas de parte de una supuesta inglesa, que vivía en La Ricamarie y con dos hijos que colocar en un internado. - Soy su vecina, decía. Como no conoce a nadie, me ha pedido le indique yo el mejor internado de la zona. Le mencioné el de Valbenoîte...- Al oír mencionar este nombre, el "gran" 55 Hermano se picó. - Los Hermanos de Valbenoîte [Maristas], dijo, son incapaces para educar bien a los niños; no son sino unos campesinos, unos ignorantes... - No lo tome a mal, replicó la astuta lavandera, que también he ponderado mucho su internado. No le pido las condiciones financieras, porque la Señora pagará todo lo que sea necesario, con tal que sus hijos estén contentos. Provéame de dos números para su ropa -. La intermediaria dio luego al "gran" Hermano el nombre de la calle y el número en que vivía la dama inglesa, y corrió a contarle todo al Hno. Cyrion.
"Como no llegaban los dos inglesitos, el Director de las Escuelas Cristianas envió a dos de sus Hermanos a La Ricamarie. Buscaron en vano la calle y el número señalados, no existían. Los dos Hermanos volvieron todo confusos, pero esta lección no les impidió que se apostaran en las principales calles para atrapar alumnos de Valbenoîte en los días de iniciación de los cursos". (Avit II, pp. 209-210, nº 12-14)
40.- Y canto las cuarenta, y doy la partida por ganada. Pero "de yapa" , ahí va otro "pintoresco" Hermano Marista, cortado con su propia pluma.
IIª Parte :
Autobiografía del Hermano Avit (Henri Bilon).
I.- PERFIL DEL ANALISTA
A riesgo de hacer mentir el título, me ha parecido que es un deber de justicia y de gratitud enriquecer esta biografía con otros rasgos que el propio analista nos suministra en los anales de las casas. ¿Por qué no utilizar un material a nuestra disposición y que, bien seguramente, nos hará conocer aún mejor la personalidad del autor, quien sin ello corre el riesgo de permanecer en la sombra para siempre? Aunque algunos de tales extractos se reiterarán en el transcurso de estos anales generales, hemos juzgado oportuno citar aquí la versión referida en los anales particulares de las casas. Dichos rasgos, contados con evidente regodeo por el analista, y siempre con buen humor, son casi siempre favorables al autor. Pero sería injusto que lo tildáramos de vanidoso, aun cuando pone en ello una especie de compensación a la falta de formación que deplora. Su objetivo es más bien el de ilustrar la vida de los Hermanos en su contexto social y humano. Con ello descubre varios aspectos de su personalidad que es interesante conozcamos con sus matices particulares.
Con el fin de que el conjunto del relato conserve su homogeneidad, los pasajes añadidos han sido insertados en el texto con preferencia a ponerlos en nota, aunque impresos en letra más pequeña [eso en la edición, aquí en letra cursiva] y en sangría, de modo que el original quede en evidencia.
Hno. Paul Sester
II.- AUTOBIOGRAFIA
1.- Con una tara..., pero nada "tarado"
Enrique Bilon nació en Saint-Didier-sur-Chalaronne el 11 de octubre de 1819, de padres de menguada fortuna pero que eran honrados labradores y buenos cristianos. Su padre fue un incansable trabajador. Siendo [Enrique] muy joven, un lamentable accidente le desvió el hombro derecho. El amor propio y la ignorancia del médico impidieron poner remedio con presteza, y el brazo quedó debilitado, de modo que no podía levantar la mano lo suficiente como para hacer la señal de la cruz. No obstante, dicha mano ha trabajado mucho, ha escrito mucho. Dios sabe sacar el bien del mal. Sin tal enfermedad, deplorable en cuanto a la naturaleza, ¿habría Enrique entrado en Religión? Es más que dudoso. ¿Qué clase de vida hubiera llevado en el mundo? Sólo tenía 6 años de edad, y 5 su hermana, cuando perdieron a su madre, y no pudieron manifestar satisfacción por la madrastra que la remplazó.
Tuvo Enrique 5 maestros de escuela sucesivos. El primero, cojo, leía muy mal, no sabía escribir y no tenía modales, ni método, ni disciplina. El segundo leía y escribía bastante bien; pero eso era todo. El tercero, un charlatán, despachó su perorata de feria en un año y se marchó sin pagar sus deudas. El cuarto nos hacía leer viejos pergaminos, copiar y hacer mecánicamente las 4 operaciones sin explicación alguna. Era secretario del municipio, de modo que con frecuencia los recreos se prolongaban más de la cuenta. Hacía uso de un látigo con nudos y siempre pegaba al alumno más cercano. Los 4 maestros ponían bastante empeño en la catequesis, pero se los engañaba con facilidad en la recitación. El quinto, un ex de las Escuelas Cristianas, tenía capacidad, era edificante y enseñaba bien.
Los Hermanos Maristas abrieron una escuela gratuita en Saint-Didier en octube de 1836. Dejó vacías las de los maestros laicos. Enrique asistió a ella durante 5 meses, e hizo más progresos que durante los 10 inviernos que pasó con los pedagogos.
El viejo Bilon era un buen cristiano. Nunca faltaba a los oficios religiosos del domingo, incluso llevaba a misa a sus hijos hasta en los días de fiesta ya suprimidos, particularmente durante el invierno. Ocupaba en la iglesia el mismo lugar desde hacía 20 años; allí permanecía o de pie o de rodillas rezando con devoción su rosario. Cuando ya tenía 50 años, le vinieron las ganas de aprender a leer, tomando a su hijo por maestro. Pero contradiciendo al emperador Teodosio, era el alumno el que estaba sentado, debiendo el maestro mantenerse en pie detrás de su silla. Tomaba su lección después de las faenas posteriores a la cena, de 11 a medianoche. El joven maestro hubiera preferido dormir. Esto duró todo un invierno, al cabo del cual el viejo alumno, ante el asombro de los parroquianos, siguió metódica y devotamente sus oficios en un libro. Las 4 quintas partes de los habitantes no eran capaces de hacer lo mismo. Algunos consideraban el hecho como una verdadera maravilla. Otros contestaban: - Es su hijo quien le ha enseñado a leer; es el más instruido de todo el municipio -. Enrique leía bien, escribía pasablemente, sabía un poco de ortografía y de cálculo, y dominaba algo más la historia de Francia y su geografía. Era un verdadero pequeño sabio, y es que el tuerto es rey en el reino de los ciegos. Se dan todos estos detalles para mostrar de cuán frágiles elementos disponía para su instrucción, y para hacer ver lo imperfectas que eran las escuelas en ese tiempo y la necesidad que se tenía de contar con Hermanos.
Hizo Enrique su primera comunión en 1831. Fue confirmado poco después por Mons. Devie, de santa memoria. Su Cura párroco, un santo sacerdote [Juan Francisco Madinier] , natural de Rive-de-Gier, era un tanto jansenista, como pueden juzgar por lo que sigue. Aunque tenía dos muy bondadosos Vicarios parroquiales, Enrique siempre tuvo al párroco por confesor. Habiéndose un día acusado de haber tomado 12 damascos caídos bajo el árbol de un vecino, el Rdo. Cura lo obligó a pagarlos, despidiéndolo 12 veces sin absolución. El niño no tenía un centavo y no se atrevía a confesar su pequeño hurto al vecino, y menos a su padre que no lo hubiera tomado a broma. Como no lo veía ir a comulgar, lo trataba con rudeza. Un jubilado lo sacó del apuro. Ni el confesor ni su padre sospechaban los malos paños en que habían puesto a su penitente el uno, a su hijo el otro.
Tantas buenas cosas había dicho el Sr. Cura párroco de los
Hermanos antes de que llegaran, que los feligreses los tenían
por seres sobrenaturales. Aunque el Director, el ex Hno.
Sebastián, respondió mal a tan buena opinión, Enrique tomó la
resolución de acompañarlos al Hermitage el 1º de octubre de
1837. Llegamos media hora antes del inicio del retiro. Las
montañas, la casa de los Hermanos, el silencio durante 8 días,
etc., siéndole totalmente desconocidos, y sin nadie que le
explicara nada, - salvo el bondadoso Fundador en confesión -, se
aburrió muchísimo y se marchó después del retiro. Eran bien
cortos los estudios del Noviciado en aquella época. Enrique
entró el 9 de marzo de 1838, tomó el hábito religioso el 14 de
mayo, recibió el nombre de Hno. Avit, se ofreció para las
misiones de Oceanía y en octubre se lo envió al puesto de
Pélussin para dar la clase de los pequeños. Su Director puso en
ridículo ante los alumnos su inexperiencia y su piedad. El pobre
Director terminó mal más adelante.
2.- ... Sepultado y resucitado
En 1839 el Hno. Avit fue enviado a Terrenoire para la clase de los mayores; era ésta muy numerosa. Después del retiro del mismo año, hizo su profesión y se lo colocó en Viriville para la clase de los mayores, que tenía 65 alumnos, y para vigilar el estudio de los internos, ocupación que le llevaba desde las 6 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Durante 6 meses, tuvo además que prepararse, durante la noche, para el certificado de estudios (brevet), que obtuvo en Grenoble el 9 de marzo de 1840. En mayo se le confió en Charlieu una denominda clase superior. El 15 de agosto fue nombrado Director en Saint-Genest-Malifaux. Era demasiado pronto. Allí estuvo en un tris de perder la vida durante la clase, junto con varios alumnos.
Siendo las aulas muy pequeñas, el Hno. Avit colocó su sede bajo la campana de una enorme chimenea de piedra. Dicha campana, de 3 m de largo, estaba rajada desde hacía tiempo, pero nada hacía sospechar que podría caerse. La sede era cerrada y su frente servía de escritorio. El Hno. Avit llevaba allí sus conservas y colgaba se reloj en el respaldo del asiento. Los asientos de sus dos preceptores estaban a cada lado. Un día, durante el invierno de 1841, los dos preceptores pidiendo insistemente ir a los servicios higiénicos, les fue otorgado el permiso. Durante su ausencia, la mencionada campana de la chimenea se desplomó de golpe, hizo pedazos la delantera del escritorio y rompió los asientos de los preceptores. Una gran cantidad de ladrillos y de hollín enterraron al Hno. Avit que quedó inmóvil durante cierto tiempo. Creyéndolo muerto, los alumnos salieron de la clase y corrieron a propalar la noticia por la población. Los Sres. Curas de la parroquia bajaron hasta la escuela. Vuelto en sí, el Hno. Avit ya se había abierto paso entre los escombros como pudo, pero estaba todo negro de hollín. Su cruz, cuyo cordón se había roto, fue encontrada bajo los escombros. Sus lentes y reloj estaban intactos, protegidos por ladrillos. Ciertamente, la Buena Madre había tenido su intervención. (Anales de Saint-Genest-Malifaux, AFM 213, 48, p. 8)
Otro hecho le hizo creer en aparecidos. (Ver I, p. 144, nº
39-43)
3.- A puño se consigue la disciplina
En 1842, a raíz de una execrable calumnia, fue cambiado, siendo enviado como súbdito a Mornant, donde tuvo que sostener no pocos combates.
El Hno. Pedro María había llevado a gran cantidad de postulantes al Hermitage. De ellos, 10 estaban de vuelta en el invierno de 1842, y algunos escandalizaban con su conducta. Tramaron una calumnia contra el Hno. Avit. Uno de ellos fue con el cuento al buen Hno. Carlos, Director en Saint-Sauveur. El buen Hno. se creyó en la obligación de dar parte al Reverendísimo. Este lo creyó sin hablar siquiera con el acusado, sacó del lugar al Hno. durante el mes de junio y lo envió como súbdito a Mornant. (Idem, p. 12)
Llegó a su destino 15 días antes del comienzo de las clases, junto con un excelente Hermanito para la clase de los pequeños, el cual no quedó sino unos meses.
Conocedor de la indisciplina de sus futuros alumnos, el Hno. Avit se negó a cuidarlos en la iglesia antes de haberlos observado en la clase. El primer domingo hubo un desorden descomunal. En vano el Hno. Teófilo tironeó por el cuello a unos, por el cabello a otros, nada consiguió. El Sr. Venet, Cura párroco, iba y venía, clavaba severamente la vista sobre los nuevos y manifestaba gran contrariedad. Después de la Vísperas, hizo llamar al Hno. Director y le dijo: - ¿Qué sujeto me ha traído Ud.? Parece un imbécil, inútil para su tarea. Lléveselo al Hermitage y tráigame otro -. El Hno. Teófilo, en gran aprieto, acudió al Hno. Avit, quien le respondió: - Tenga paciencia, no quiero fracasar antes de iniciar, cuidando de unos niños que aún no conozco -. El domingo siguiente se volvieron a repetir las mismas escenas. El Sr. párroco estaba furioso, y el Hno. Teófilo muy preocupado. El lunes, el Hno. Avit, que era titular, tocó la campana a la hora señalada, subió al estrado de su escritorio y, con lentes oscuros, simulaba leer. Llegaron los niños, lo miraron, y se pusieron a conversar entre ellos, etc. Al poco tiempo el desorden era total. Como uno de los pilluelos dijera en dialecto " Tiene miedo", el Hno. Avit sacó sus lentes, dejó el libro, y descargó sobre la madera del escritorio un fuerte puñetazo. De inmediato se restableció el silencio. Les endilgó luego un sermón tan severo, que todos quedaron asustados. A partir de entonces, reinó en la clase un gran silencio. El domingo siguiente, tuvieron que ir a la iglesia en fila de a dos y en silencio, cosa no vista desde hacía varios años. Los numerosos espectadores de la plaza estaban asombrados. El Rdo. P. Venet había ido anticipadamente a la iglesia. Vio entrar a los niños en silencio, hacer una respetuosa genuflexión ante el altar, ubicarse en sus bancos en perfecto orden, hacer la señal de la cruz, etc... Incrédulo ante lo que veía, iba y venía mirando de reojo a los niños y especialmente al que había tildado de imbécil. Al parecer no había contemplado tal espectáculo desde hacía muchos años.
Hizo llamar al Hno. Director después de las Vísperas y le dijo: - Tenía Ud. razón de recomendarme tener paciencia. Lo que Ud. ha recibido es todo un señor maestro. ¿Cómo ha podido disciplinar así a esos niños traviesos en tan poco tiempo? -.
A partir de entonces el Hno. Avit fue el gran confidente del P. Venet, quien venía a visitar su clase cada semana y llegó hasta confiarle los sinsabores que le daban sus Vicarios parroquiales. Pero no lo sabía todo. Uno de ellos, llamado Perrichon, fumaba y jugueteaba con los 6 monaguillos antes de celebrar su misa cada mañana. Cuatro de ellos cantaban a oscuras la misa de difuntos, pues la sabían de memoria. Al mismo tiempo, charlaban, retozaban y se hacían bromas unos a otros. El Hno. Avit juzgó de su deber avisar al Sr. Cura de tal desorden. El P. Perrichon recibió una fuerte reprimenda y quedó guardando rencor.
Más adelante, el Sr. Cura párroco hizo venir a uno de sus sobrinos para que iniciara sus estudios de latín. Con él puso también a uno de los mejores alumnos de la escuela. Los padres de este último no querían la cosa, pero temían al P. Venet. Y al niño no le atraía en absoluto el estado eclesiástico... Conociendo todo esto, el Hno. Avit actuó de tal modo que consiguió mantener al niño en su clase, con gran satisfacción de sus padres. Poco tiempo después, el P. Venet vino a la escuela, reprendió duramente a uno de sus monaguillos, lo destituyó de su cargo y pidió al Hno. Avit de buscarle un remplazante. El Hno., que no desconfiaba de nada, le ofreció un tal Chassigneux, de 12 años, el sábado siguiente. El Sr. Cura, que conocía al niño, quedó encantado y se lo anunció a sus Vicarios mientras cenaban. - ¡Cómo!, le dijo el P. Perrichon, ¿Ud. se deja así llevar por un mierda 57 de Hermano que tiene la osadía de ofrecerle a un bastardo para el servicio del altar?
Al día siguiente el P. Perrichon entró en la clase de los
mayores con el sombrero puesto y dando la espalda al Hno. Avit,
ordenó a dos niños - que eran hermanos entre sí -, de ir a
ayudar a misa mayor. Después de lo cual salió sin despedirse de
nadie. Extrañado por tal género de cortesía, el Hno. Avit
envió a preguntar a la madre de los niños hermanos si quería
que sus dos hijos fuesen monaguillos. Ella se opuso rotundamente.
Viendo que los niños no iban a la sacristía, el P. Perrichon
vino a su puesto para llevarlos. Arrastró por la fuerza al
menor, pero el mayor quedó aferrado a su banco.
4.- Dos en sus trece
El Hno. Avit fue por la noche a la casa parroquial para recabar explicación por tan enigmática conducta. Y tuvo lugar el diálogo siguiente: - Sr. Cura párroco, sin duda sabe Ud. el motivo de mi visita. - Por cierto, no sabía yo que tenía un inspector en mi parroquia. - No lo entiendo, Rdo. Padre. - No es Ud. más que un hombre de paso, un extraño, ¿y se entromete en el gobierno de mi parroquia? - Aún lo entiendo menos. - ¡Cómo!, ¿ha tenido Ud. la osadía, la insolencia de ofrecerme a un bastardo para monaguillo?-. Y el Sr. Cura se despachó con una letanía de injurias contra el Hno. Avit y quiso irse del salón. El Hno. Avit se interpuso, impidiéndole salir, y le replicó: - Después de tantas injurias no le permitiré a Ud. escabullirse sin darme la oportunidad de contestarle. - Pues bien, ¿qué es lo que quiere?. - Quiero defenderme de sus acusaciones. Y en primer término, Rdo. Padre, ¿sabía Ud. que el niño Chassigneux era bastardo?. - No, por cierto. - ¡Así que no lo sabía Ud, el pastor, el que debe saber el secreto de todas sus ovejas!, ¿y quiere que lo supiese yo, el hombre de paso, el extraño, yo que por vocación debo ignorar todas esas cosas?.- Y el Hno. Avit continuó recitando toda la letanía de epítetos que el Sr. párroco le había aplicado. Luego, con un saludo se retiró. En la misma noche, hizo llamar el Sr. Cura al Hno. Director y le dijo: - Le he lavado bien la cabeza a su Hno. Avit; pero debo confesar que ha sabido defenderse -. A su regreso, el Hno. Teófilo preguntó de qué se trataba, y el Hno. Avit le informó en detalle. Habiendo tenido que ir poco tiempo después al Hermitage, el Hno. Teófilo se lo contó todo al querido Hno. Juan Bautista, el cual le contestó: - Tiene el Hno. Avit toda la razón, pero conozco al Sr. Cura, es un hombre obstinado y no querrá dar su brazo a torcer. Dígale al Hno. Avit que siga actuando como si nada hubiera pasado -.
El Hno. Avit siguió confesándose con el Sr. párroco quien,
sorprendido, le preguntó varias veces si no le guardaba rencor.
- Si Ud. me conociera mejor, replicó el Hno., no me haría una
pregunta semejante...-. El P. Venet era de esos hombres que sí
guardan rencor; no volvió a aparecer por la clase.
5.- Las razones..., donde más duelen
En Pascua, el Hno. Crisógono, hoy Procurador General, vino a hacer la clase de los pequeños. Habiendo cierto día puesto fuera de la clase a un niño insoportable, lo dejó en la pequeña huerta, atadas las manos con una cinta; pero el niño logró desatarse y se fue a su casa. Durante el almuerzo, vino furioso el padre del niño. El Hno. Director bajó, pero no sabiendo qué decirle al hombre furioso, se quedó en un rincón como santo en una hornacina. Grevon (era el apellido del padre) intentó subir. El Hno. Avit forzó entonces al Hno. Crisógono, quien se resistía, a bajar, siguiéndolo él detrás. Grevon, viendo que su hombre se detenía a mitad de la escalera, se adelantó para alcanzarlo y, sin duda, lo habría zurrado de lo lindo. Se puso entonces el Hno. Avit entre los dos, tomó a Grevon por la solapa, lo forzó a bajar y, después de algunos forcejeos y para responder a las groserías del agresor, le encajó un puntapié en ciertas partes: Grevon aún debe estar corriendo. El Hno. Crisógono se libró de una buena, y el Hno. Teófilo mostró tener un buen par de ..., ¡cagazos! 58.
A fin de año hubo una solemne distribución de premios, cosa
que se hacía por primera vez. El P. Venet quedó encantado, así
como el numeroso público. No obstante, pidió el cambio del Hno.
Avit, cosa que obtuvo en septiembre de 1843. Su carta de pedido
contenía una queja y un elogio a la vez. Reprochaba al Hno. Avit
el haber dado el premio de buen comportamiento a un golfillo. Sin
embargo, el alumno en cuestión era de los más correctos de la
clase, y el premio le había sido otorgado por consenso unánime
de sus compañeros en sufragio secreto. El P. Venet tenía
ojeriza a la familia del niño, cosa que el Hno. Avit supo sólo
más tarde. El elogio se resumía en estas palabras: - Sígalo
bien a este Hno. Hay en él tela para tres personas, pero tiene
mucho que cepillar-. (Anales de Mornant, AFM, 214. 56, pp. 10-13)
6.- Los trabajos y los días
Nombrado para Bougé-Chambalud en 1843, quedó en el puesto durante 3 años, donde hubo lluvias y buen tiempo, y donde se llenó más de vanagloria que de virtud.
El primer día que asistió a misa, quedó extrañado el Hno. Avit de ver al Sr. Cura como celebrante y como cantor todo a la vez. Al terminar la misa, fue a la sacristía y le dijo: - ¿Es ésta la costumbre de la diócesis?. - No, pero no tengo ningún cantor. ¿Sabe Ud. cantar, Hermano?. - Algo sí, Sr. Cura -. Y el buen sacerdote se puso a dar saltos de alegría. A partir de ese día, el Hno. Avit cantó a diario en misa durante 3 años, y manejó al Cura a su gusto. Como la mayoría de su Cohermanos, el P. Revol no tenía hora fija para su misa. El Hno. se lo hizo notar. - Toque Ud. a misa cuando le parezca bien, que yo la diré, le respondió -. El Hno. Avit no faltó a su compromiso.
... Se acababa de comprar una campana de 800 kg., donación de la Sta. Esther. Cuando se la colocó, tenían que ponerse 4 ó 5 hombres para voltearla, y a duras penas lo conseguían. El Hno. Avit se burlaba de ellos. - Ya nos gustaría verlo a Ud., le dijeron -. El Hno. Avit los apartó, tomó la cuerda, volteó la campana y la mantuvo boca arriba. Desde entonces se lo consideró como a un Hércules. Sin embargo, nada más falso.
El 28 de diciembre de 1843, el Sr. Cura escribió lo que sigue, sin saberlo el Hno. Avit, quien sólo ahora al leerlo tiene conocimiento de ello: - ... Nuestro Hno. Avit se desempeña muy bien en su tarea. La clase de los mayores ha hecho en dos meses más progresos que en los 10 meses del año anterior. Sería, pues, de desear que nos dejara Ud. a dicho Hno. por mucho tiempo... Sírvase, pues, Rdo. Hno. Superior, remitirnos el diploma de capacitación del Hno. Avit a fin de que el Concejo Municipal, en su sesión de febrero, presente a ese Hno. para la nómina del Sr. Ministro -.
Había sido Director el año anterior el Hno. Esteban; el Hno. Avit le rogó conservara el cargo, al menos para los asuntos internos: él se encargaría de la dirección de la escuela, del papeleo oficial y de las relaciones con el exterior. Esto fue del agrado del Hno. Esteban y tuvo también la aceptación de los Superiores.
Pero el mal espíritu de 1841 no se había extinguido. El Sr. Livon, labrador y comerciante de trigo, no era más que un tonto. Sus muchas relaciones con otros comerciantes le hacían creerse un filósofo. Iba regularmente a misa, pero fingía estar leyendo su oficio diario. No era sino un ignorante como otro cualquiera. El más pequeño de sus hijos venía a la escuela. Juzgando que el Hno. Avit era muy rígido, no tuvo mejor idea que ponerse al frente de un bando opositor. Habiéndolo sabido, el Hno. dijo un día a sus alumnos: - Me he enterado de que uno de Uds. se cree bastante fuerte como para dictarme la ley. Les advierto que en mi clase yo soy el único maestro, que no toleraré ningún desorden y que no aceptaré órdenes de nadie -. El complot quedó desbaratado y vencido el hijo del Alcalde. Hizo muy bien su primera comunión ese año, se volvió muy piadoso y pidió entrar en el Instituto. Su padre se opuso terminantemente. Después de muchas gestiones inútiles, el Hno. Avit le dijo: - Su hijo le pertenece a Dios más que a Ud. mismo; no tiene Ud. derecho de oponerse a su excelsa vocación -. El filósofo tuvo que ceder, su hijo fue llevado al Hermitage, tomó el hábito con el nombre de Hno. Barsabas y tuvo una buena muerte 7 años más tarde.
El año anterior, un tal Bon había llevado el trabajo de la huerta. El Hno. Avit quiso acuparse él mismo de ese trabajo. Muy pronto sólo se hablaba de la belleza de la huerta, y todos los habitantes del pueblo querían verla. Esto le acarreó un percance desagradable. El administrador de la vieja Condesa obtuvo el favor de venir a ver la huerta y observó un estanque de agua en la parte que la Condesa había vendido a su hija. Al día siguiente recibió el Hno. Avit una orden terminante para que rellenara la balsa de agua. El Hno. le respondió al emisario: - Dígale a la Sra. Condesa que no he sido yo quien cavó la piscina de agua y que por consiguiente yo no la rellenaré -. La vieja avara acudió al Alcalde. Este intimó al Hno. a cumplir la orden. El Hno. le contestó de la misma manera. Entonces el Alcalde envió a un obrero para ejecutar la operación y evitar mayores complicaciones. El Hno. Avit cavó otro pozo, más abajo del terreno vendido por la vieja, y tuvo la suerte de dar con una vertiente muy abundante a sólo 1, 50 m de profundidad. Pocos días después, el administrador vino a cerciorarse de que la orden de su Señora había sido ejecutada. Vio el nuevo estanque de agua y protestó. El Hno. Avit le dijo: - Haga saber a la Señora que esto no tiene nada que ver con ella, que esta balsa de agua no está en el terreno que ella vendió -. El asunto quedó cerrado.
... Para poner a prueba el grado de avaricia de la vieja Condesa, el Hno. Avit, en contra del consejo del Cura párroco, hizo mandar a la Sra. una hermosa carta de felicitación de fin de año, firmada por todos sus alumnos. La Sra. quedó encantada y envió a la escuela una serie de libros para premios por el valor de 40 francos. El Sr. Cura quedó asombrado.
Había fundado el Sr. Cura un convento en su parroquia, siendo
todas las religiosas originarias de su región. Daban clase a las
niñas, pero no sabían mucho. Considerando al Hno. Avit como un
gran sabio, el Rdo. Padre le propuso ir a dar lecciones a las
Hermanas. El Hno. Avit se escudó en la Regla y rehusó. Entonces
el P. Revol se dirigió al Hno. Esteban y consiguió lo que
quería. El buen Hno. no sabía negarse a nada. - Yo iré a dar
lecciones a las Hermanas, dijo el Hno. Avit, a condición de que
Ud., Sr. Cura, venga conmigo cada vez que dé la clase -. Así se
hizo. Habiéndose enterado los Superiores, le dieron al Hno.
Esteban una buena filípica.
7.- Cómo ganarse amigos
... El Sr. Nivon llevaba el nombre de Lorenzo. El Hno. Avit hizo que un buen número de sus alumnos lo felicitaran en su onomástico armados de pistolas y viejas escopetas. Los portadores de las armas se escondieron detrás de unos espinos, al costado de la era donde el Alcalde vigilaba la trilla de su trigo. Dos niños se adelantaron, yendo a su encuentro: el primero le recitó una felicitación, el segundo le ofreció un largo y florido tallo de malvavisco, de 2 metros, al pie del cual había un ramillete de flores diversas. Entonces aparecieron los alumnos escondidos detrás de los espinos y descargaron una salva con sus armas. El Sr. Nivon se sintió muy halagado. A partir de ese día, el Hno. hizo con él todo lo que quiso.
El 27 de abril le tocó el turno al Sr. Cura párroco. Se llamaba Agustín. El Hno. Avit quiso llevar a cabo algo más grandioso. A las felicitaciones y a los ramilletes añadió una iluminación con transparencias alegóricas. Eran las 10 de la noche. El Hno. Avit había prohibido al sacristán tocar el ángelus. La iluminción en el patio de la casa parroquial necesitó se tomaran precauciones para no llamar la atención del Sr. Cura. Cuando todo estuvo iluminado, el Hno. Avit subió al campanario, un niño entró en el salón, cuyos postigos habían sido cerrados, e hizo su homenaje al P. Revol. El buen hombre no había recibido tales muestras en toda su vida y no daba crédito a sus ojos. Otro niño le ofreció un ramillete. Los que habían quedado afuera hicieron salvas con sus armas a la par que el Hno. Avit tocaba el ángelus y repicaba las campanas. Cuando bajó se encontró con el Cura tan emocionado que no podía decir una palabra sin sollozar. Uno de sus Cohermanos lo acompañaba: había sido cómplice de los planes del Hno. Avit. La iluminación se reflejaba sobre el campanario. Como no habían oído nunca ese modo de repicar las campanas y veían los reflejos en el campanario, las gentes del campo creyeron que se trataba de un incendio y que el toque era de alarma. Cuando ya se iba para casa, el Hno. Avit se encontró con una multitud de campesinos con toda clase de recipientes preguntando dónde era el incendio. - No hay ningún incendio. - Pero si han tocado a alarma. - Si Uds. no saben diferenciar un toque de carillón con uno de alarma, es que Uds. son gente demasiado simple -. Unos se echaron a reír, otros echaron pestes, y todos se fueron retirando a sus casas.
Como durante el verano quedaban muy pocos alumnos, el Hno. Avit tuvo la idea de tocar las campanas cuando había amenaza de tormenta. Los campesinos estaban encantados. - Este Hermano nos libra del granizo, decían -. El Concejo municipal votó la suma de 100 francos a favor del Hno. Avit como recompensa por tal servicio, suma que el Hno. rehusó.
Cuando él llegó al pueblo, no había en torno al atril del coro sino dos o tres malos cantores. El Hno. formó para el canto a unos quince entre jóvenes, casados y alumnos mayores de la escuela. En los días de fiesta mayor, cantaban motetes a dos voces, cosa que dejaba a los feligreses con los ojos y oídos muy abiertos, pues estaban poco acostumbrados a tal música. Llamaban a eso "ventriloquería". Se decían, pues, entre ellos al ir a los oficios religiosos en tales días: - Hoy es día de gran fiesta, van a actuar los ventrílocos -.
Cierto día, vino el Sr. Cura a ver al Hno. Avit y le dijo: - ¿Sabe Ud. tocar el figle?. - No, Rdo. Padre. - ¡Qué lástima! . - ¿Por qué?. - Porque el maestro de Agnil quiere vender su figle, que está totalmente nuevo; me hubiera gustado comprarlo. - Cómprelo de todos modos. - ¡Pero si no sabe Ud. tocar!. - No importa -. El Sr. Revol vino con el instrumento pocos días después. El Hno. Avit lo examinó minuciosamente, a igual modo que el método que lo acompañaba, y a la primera hizo una escala completa. El Rdo. saltaba de alegría, diciendo: - Me había Ud. engañado. - Nunca antes había yo manejado este instrumento. - ¡Esto es increíble! -. El buen sacerdote ensayó de tocarlo día a día durante varios meses y no consiguió sacar correctamente una sola escala. Era, sin embargo, el mejor cantor de la diócesis. Al cabo de un mes, el Hno. Avit acompañaba con el instrumento el canto de la iglesia. Los parroquianos decían que "borneaba" 59.
Hemos anotado en las noticias de Roussillon que el Hno. Avit fue encargado de preparar la fundación y que las autoridades locales lo pidieron como Director cuando todo estuvo listo para su funcionamiento. Los Superiores lo nombraron para el puesto en septiembre de 1846. Al saberlo, el Sr. Cura Revol escribió 3 cartas sucesivas, protestando por el cambio. - Si Ud. mantiene su decisión, decía, tanto las autoridades como la población se indignarán. No harán ya nada a favor de los Hnos. Nuestro internado se vendrá abajo. La mayoría de los alumnos del Hno. Avit irán con él a Roussillon... Si definitivamente no debe volver a Bougé, exijo que tampoco venga a Roussillon... Ante tales reclamaciones, los Superiores cedieron y el Hno. Avit fue enviado a Mondragon donde, a la vez que dirigía la escuela y daba su clase, empezó sus funciones de Visitador de las casas de las Provincias de Saint-Paul y de La Bégude. Había pasado en Bougé los 3 mejores años de su vida. Había también llovido y había habido buen tiempo... Si logró hacer algún bien, también cometió algunas locuras, ha confesado él mismo más tarde. Ha lamentado haber trabajado demasiado a menudo para la vanagloria y para el rey de Prusia. El incienso recibido no le ha traído ningún beneficio. Fue remplazado por el ex-Hno. Pío, quien había sido su primer Director en Pélussin en 1838.
... (Este último) pedía la readmisión de su hermano, el ex Celestino, a quien se lo había despedido del Instituto por causa grave. El mismo (el Hno. Pío) hizo perentoria su propia expulsión por una falta análoga en abril de 1849. Ya el Sr. Cura párroco había prevenido a los Superiores. El Hno. Avit acababa de ser encargado de visitar las casas del Centro así como las del Sur. Hallándose en El Hermitage cuando la carta del Sr. párroco llegó, fue enviado al lugar para recabar informaciones. El hecho se había divulgado y amenazaba producir un gran escándalo. Cuando los habitantes vieron al Hno. Avit, pensaron que volvía para quedarse. Se pusieron de acuerdo y actuaron de modo de acallar el asunto para complacerlo. Al cabo de un mes todo estaba normalizado. El Hno. Teodoro vino a tomar la dirección de la escuela y el Hno. Avit volvió a sus visitas.
Entre los alumnos del Hno. Avit, 5 habían entrado en El
Hermitage, donde tomaron el hábito con los nombres de HH.
Barsabas, Eugenio, Román, Clementino y Herardo. Ya hablamos del
primero, muerto en El Hermitage. El último tuvo pareja suerte
poco después. El segundo era sobrino del Sr. Cura Revol. Pero no
perseveró, de igual modo que los dos siguientes. El Hno. Román
salió por falta de salud. (Anales de Bougé-Chambalud, AFM 214.
14, pp. 7-16)
8.- Vida y milagros
Encagado del difícil puesto de Mondragon en octubre de 1846, tuvo el Hno. Avit que dar la clase de los mayores, visitar furtivamente las casas de la Provincia de Saint-Paul, añadiendo el año siguiente los establecimientos de La Bégude.
Llegábamos a la Provincia en ese tiempo. El querido Hno. Juan Bautista, Asistente, quiso de entrada colocarnos en Lorgues para fundar un internado, pero no consiguió decidir a ninguno de los Directores de la Provincia a aceptar Mondragon. Hubiera sido necesario obligarlos. Esos buenos Hnos. temían ese puesto, que gozaba de muy mala reputación, y en el que los chicos los recibían a pedradas cada vez que pasaban por allí. Nos tocó, pues, dicha herencia.
... Antes de llevar a sus colaboradores, el Hno. Avit fue a ver si todo estaba a punto. El P. Rey, Cura párroco, lo recibió fríamente... Hacia el 15 de octubre de 1846, volvió a bajar a Mondragon, junto con los Hnos. Abdías y Castorio, sus colaboradores.
Nuestro 3 viajeros fueron a pie desde Saint-Paul hasta
Mondragon. En el trayecto les cayó un fuerte chaparrón y
llegaron empapados. El P. Rey no les ofreció ni tan siquiera un
vaso de agua. Se puso a hablar en dialecto con el Hno. Abdías,
cuyo aspecto le cayó bien. El P. Callot, Vicario parroquial, que
entró en ese entretanto, se puso a hablar con él [el Director,
Hno. Avit] en francés. Después de un largo rato, rogó al Sr.
párroco les proporcionara la llave de su alojamiento. - ¿Dónde
quieren ir?, les dijo el Sr. Cura. Es de noche. - Quisiéramos
cambiarnos de ropa, Rdo. Padre, y proveer a nuestra cena. -
Cenarán Uds. aquí. - De acuerdo, y me alegro de saber que
podremos cenar -. Nos pusimos a la mesa. El P. Rey siguió
hablando en dialecto con el Hno. Abdías y el P. Callot en
francés con el Hno. Director. Después de la cena, la criada de
la casa parroquial, provista de un farol, condujo a los Hnos. a
casa y los instaló a cada uno en su respectivo cuarto. El P. Rey
vino a visitarlos 15 días después. Encontrándose con el Hno.
Director y el Hno. Abdías en el patio, les dijo: - Los Hnos.
anteriores hacían de subdiáconos. Y dirigiéndose al Hno.
Abdías, añadió: - Ud. Hno., ¿desempeñaría tal oficio?. - No
sé hacerlo, respondió el Hno. - Ya le enviaré yo el
ceremonial, replicó el P. Rey -, y se fue. El Hno. Director no
había dicho ni una sola palabra. El Hno. Abdías puso cara de
querer consultarlo. - Ud. conoce la Regla, replicó el Hno.
Director -, y puso al tanto al Hno. Asistente. Este le ordenó
impidiera se llevara a cabo la cosa, pero sin escudarse en su
propia autoridad. - Es preciso, escribió, que su Sr. Cura
párroco sepa que los Pequeños Hermanos tienen una Regla y
además que tienen carácter -. El día señalado, el Hno.
Director tuvo que contestarle con una negativa al Sr. Cura. - ¿Y
eso por qué, querido Hno.? - Nuestra Regla lo prohíbe, Rdo.
Padre. - He pedido permiso a su Superior en Saint-Paul. - Tenga
la bondad de mostrármelo, Padre. - No lo tengo por escrito. - En
ese caso, según nuestras Reglas, no vale - Permítaselo por esta
vez. Para el futuro, ya les escribiré yo a sus Superiores. - No
puedo hacerlo, Rdo. Padre -. El Sr. Cura no estaba nada
satisfecho. Escribió más adelante una carta que presentó
abierta al Hno. Director. Este adjuntó otra carta suya.
Solicitaba el Cura que se le otorgara el permiso al Hno. Abdías.
La respuesta llegó dirigida al Sr. párroco. Después de varios
considerandos en el sentido de una negativa, se lo dejaba a su
decisión, a condición de que fuera el Hno. Director quien
beneficiara del permiso y no el Hno. Abdías. El P. Rey estaba
muy confundido, comprendiendo que su inexperiencia le había
hecho cometer un grave error. El Hno. Director, a quien no le
gustaba hacer de diácono, se hizo rogar. Cedió por fin, a
condición de que cantaría la Epístola con el tono del
Evangelio de Vienne. Durante el canto, todos los asistentes se
pusieron de pie y a cuchichear. Terminada la misa, el párroco
prodigó grandes elogios a su nuevo diácono, y le obsequió un
pastel.
Se abrieron las dos clases el 2 de noviembre. Pronto alcanzaron la cifra de 110 a 115 alumnos en invierno; unos 20 abandonaron durante el verano. Eran todos muy indisciplinados y hubo que poner mucha energía para dominarlos. Desde el primer día, el Hno. Director vio que las paredes de su clase estaban cubiertas de injuriosas y hasta de obscenas inscripciones a lápiz en contra de los anteriores Hermanos. La filípica que dio a sus alumnos los dejó temblando y contribuyó en gran manera a devolver el orden y el silencio en la clase. Cuando les dio la tarea para el día siguiente, protestaron. - Los Hermanos anteriores, dijeron, sólo nos daban una lección por día y ninguna tarea escrita. - Los Hermanos anteriores hacían lo que podían, contestó el Hno. Avit, y yo haré lo que a mí me parezca. Tendrán un capítulo de catecismo, media página de gramática, otro tanto de aritmética, una pregunta de Historia Sagrada, un ejercicio y tres problemas. Veremos más adelante la historia y la geografía. Si alguno no cumple, tendrá que vérselas conmigo -. El tono hace la canción, dice el proverbio: los chicos abrieron tamaños ojos y se pusieron enseguida al trabajo.
Varios días después, vino el Sr. Cura al encuentro del Hno. Director y le dijo: - Los otros Hermanos hacían pagar 15 centavos por la calefacción y a duras penas lo conseguían. ¿Cómo se las va Ud. a arreglar? - Reverendo, nosotros pediremos 30 centavos. - ¡Oh!, no los conseguirán nunca. - Eso lo veremos. - Ya se lo considera a Ud. como malo, si exige eso habrá una revolución contra Ud. en el pueblo. - No tenga miedo, Padre -. El pobre hombre estaba temblando. Se pidieron los 30 centavos y antes de los 8 días todos habían pagado. Como volviera el P. Rey, le dijo el Hno. Avit: - ¿Es que se ha producido una revolución?. - ¿Pidió Ud. los 30 centavos? - Todos han pagado ya. Aquí sucede como en todas partes: la gente se muestra difícil con los blandos 60; cuando uno se muestra duro y firme con ellos, se acoquinan 61 -.
En el mes de enero vino el Sr. párroco a pedir al Hno. Director que plantara lechugas. - Rdo. Padre, es aún muy temprano. - Ud. no entiende nada; aquí no se hace como en Lyon -. El Hno. Avit prometió plantarlas, pero no lo hizo. Poco tiempo después, volvió el Sr. Cura diciendo: - Le traigo semillas de sandía. - Ya tengo, Padre, pero igual se lo agradezco. - Las semillas que Ud. tiene no valen nada. - ¿Cómo lo sabe Ud.? Véalas.- Esas son semillas de sandía para las vacas. - Haré dos hoyos, Padre. Ud. sembrará sus semillas en uno de los hoyos y yo lo haré en el otro, y veremos el resultado -. La apuesta fue aceptada. El P. Rey recubrió su hoyo con un zarzo de varillas de madera bien entrelazadas. Poco tiempo después, las semillas del Hno. Avit ostentaban anchas hojas mientras que las del Cura no daban señales de vida. Sacó con cuidado el zarzo, puso la mitad de sus plantas en el hoyo del Cura y volvió a colocar el zarzo. Cuando el P. Rey volvió, tuvo que confesar que las plantas parecían iguales, pero que había que esperar los frutos. Por desgracia, el viento mistral arrasó con todas las plantas.
Otro día, el Hno. Avit podó dos o tres plantas de viña que
los antiguos Hermanos habían abandonado, pero dejándoles
suficientes retoños como para levantar una glorieta y tener
sombra. Al ver la poda, el P. Rey preguntó: - ¿Quién podó
esas plantas?. - He sido yo, Rdo. Padre. - Ud. no entiende nada
de eso, pero siempre quiere hacer las cosas a su capricho. -
¡Gracias por su cumplido! -. Poco tiempo después, la glorieta
estaba frondosa y cargada de grandes racimos. - ¡Extraño
Hermanito! 62, exclamó el P. Rey.
9.- Métodos contundentes
... Las gentes del pueblo consideraban severo al Hno. Avit, pero confesaban que sus hijos hacían grandes progresos. Efectivamente, éstos trabajaban con mucho ahínco. Uno de ellos se acercó un día al escritorio del Hno. Avit y le dijo: - Si no me pega Ud. un buen sopapo, me vence el sueño. Recibió una buena bofetada, ¡y trabajó con gran energía durante 15 días!.
Otro alumno llevaba el camino opuesto. Era un tal Renaud, hijo único, muy mimado por sus padres. El Hno. Avit lo había obervado desde el primer día. Consiguió que trabajara durante el invierno mediante halagos, recompensas y estimulación. Cuando llegaron los calores, tales medios no surtían efecto: fue necesario aplicar castigos. El Hno. Director le dio de primero una sola tarea en castigo, luego dos, después tres, y hasta cinco. El niño las cumplió fielmente durante algún tiempo, pero después se hacía rogar para tenerlas al día. El Hno. Avit fue añadiendo penitencias a las que ya tenía hasta llegar a las 50 líneas. Como el escolar no las presentaba en el tiempo fijado, lo mandó a su casa para que las cumpliera. Media hora después, volvió acompañado de su padre, y tuvo lugar este diálogo: - Quiero saber por qué Ud. persigue a mi hijo.- ¿Quién es Ud., buen hombre?. - Ud. sabe bien quién soy. - Lo desconozco con ese aspecto. - Me llamo Renaud. - ¡Ah!, es verdad, Ud. es el padre de este lindo niño ( el niño era en verdad feo). Tiene Ud. razón en llarmarme perseguidor, y se queda corto. Soy un verdadero ogro y cada día me como a un niño por desayuno. Bien podría comerme al suyo (todos los alumnos se echaron a reír). ¿Y qué es lo que me echa en cara?. - Ud. ha dado 50 líneas a mi hijo. - ¡Oh, valiente crimen! - No las cumplirá. - ¿Quién lo ha dicho? - Yo. - Eso lo vamos a ver -. Y dirigiéndose al niño, añadió el Hno. Avit: - Póngase en la otra extremidad de esa mesa, tome la biblia y escriba sus líneas ahora mismo -. El niño obedeció. - Si Ud. se lo toma así, dijo el padre, cumplirá con sus líneas, puesto que tiene tanto empeño. - Por supuesto que tengo empeño, replicó el Hno.Avit, ¡o cree Ud. que pierdo el tiempo entreteniéndome con mis alumnos! -. El Sr. Renaud estaba estupefacto. A una señal del Hno.Director, todos los alumnos le hicieron los cuernos al Sr. Renaud. Ni la puerta encontraba para salir. A partir de ese día, siempre le hacía profundas reverencias al Hno. Avit y varias veces lo invitó a cenar. El Hno. creyó de su deber el rehusarlo siempre. Pero la aventura trascendió al exterior, y todos se burlaban del pobre Sr. Renaud. - ¡Te dejó turulato el Hermanito! 63, le decían en todas partes.
Las numerosas y a menudo prolongadas ausencias que le
imponían al Hno. Director sus visitas, no podían convenir a las
autoridades locales, las que por otro lado le eran muy adictas.
Intimaron a los Superiores a liberarlo de tales visitas o de
remplazarlo en Mondragon. El Hno. Avit estaba allí muy a gusto y
se hubiera quedado gustosamente. Pero los Superiores no
estuvieron de acuerdo. Fue, pues, remplazado por el Hno. Festo en
octubre de 1848.
10.- Todos los demonios andan sueltos
En septiembre de 1848 fue nombrado Visitador único para todos los establecimientos del Centro y del Sur. En esta importante ocupación todo estaba por hacer: correr durante 11 meses de aquí para allá, organizar los concursos de los Hermanos y de los alumnos, la administración contable de los establecimientos, el mobiliario, los balances, los libros de cuentas dos veces al año, los informes de las visitas, las listas de las composiciones, las nuevas fundaciones, las nóminas del personal cada año, etc. Consagró a ello todos los días y una buena parte de las noches durante 7 años de su vida.
Que el lector juzgue si el Hno. Avit tuvo el suficiente tiempo libre para perfeccionar sus estudios, hechos como a hurtadillas y sin haber dispuesto en toda su vida en el Instituto ni de 8 días de clase para sí.
El 26 de diciembre de 1849 estuvo a punto de perecer, una noche, en Saint-Bonnet-le-Froid, en medio de un bosque con 80 cm de nieve y una espesa niebla helada. En julio, en Rivières (Gard) estuvo también en un tris de caer una noche bajo las balas de gente zafia.
Volvíamos de Goudargues. Por culpa de una mala indicación, habíamos pasado por Méjeanne y por tanto doblado el trayecto. Habiendo caído la noche, y no deseando equivocarnos de nuevo, fuimos a recabar orientación a una granja aislada. Dos palurdos criados que en la oscuridad nos tomaron por un ladrón, cargaron sus escopetas y uno de ellos cuchicheó al otro de apuntar con precisión. Por suerte nos oyó gritar la mujer del granjero, bajó al patio y vino a señalarnos el camino. Llegamos a las 8 y media de la noche, justo a la hora en que los Hermanos iban a acostarse.
Discutiendo con los Rectores de la Drôme y de la Ardèche en 1850, tuvo el honor de salvar a 40 Hermanos llamados bajo bandera. En 1852 consiguió también salvar el establecimiento de Charolles, del que el Sr. Cura párroco maquinaba secretamente la ruina 64.
A partir de ese mismo año de 1852, fue elegido como miembro de todas las Asambleas Capitulares hasta el año 1883 inclusive. Fue, junto con el Hno. Luis Bernardino, secretario de dichas Asambleas hasta el año 1873 exclusive. Se ha hablado mucho de su postura en dichas reuniones. Habló y votó en ellas a conciencia y según sus luces, sin importarle ni los halagos ni los insultos que le cayeron con frecuencia de un lado o del otro. Aquellos que ya entonces eran llamados "los rojos" 65, lo contaron algunas veces, aunque sin razón, como uno de ellos.
Cansado de tanto trajín y de la sobrecarga de un trabajo con frecuencia nocturno, solicitó un descanso en 1855. Fue enviado el 1º de diciembre a dirigir el establecimiento de Digoin: era el remedio peor que la enfermedad.
Nos esperaban miserias de toda clase. No hay que arrepentirse de las buenas obras, pero si hubiéramos conocido a fondo la situación en que se nos metía, habríamos hecho todo lo posible para evitar el cargo. Después de 9 años de fatigas y de continuos viajes, teníamos una verdadera necesidad de un puesto tranquilo. Y el que se nos ofreció era más penoso e inquietante que el cargo de Visitador.
Los infortunios nos vinieron:
1º - De los alumnos, que eran vagos, viciosos, sin sentido religioso y poco inteligentes. No ahorramos ninguna clase de esfuerzo para poner remedio. El nivel de los estudios se elevó a fuerza de presionar sobre maestros y alumnos... La distribución de premios tuvo éxito. Pero los resultados se volvieron contra la escuela. Ciertos alumnos, que no habían recibido premio, se fueron; otros se retiraron por haberlos tenido en abundancia: se creyeron unas águilas y se mudaron a Moulins; otros se desanimaron y se marcharon por sentirse demasiado exigidos o en el estudio o en la piedad.
2º - Vinieron de parte de los padres, los cuales obedeciendo a todos los caprichos de sus hijos, los retiraban con los más diversos pretextos, aunque declaraban que todo iba bien; y también porque eran muy malos pagadores.
3º - Vinieron de parte del médico de la casa, quien dejaba morir a los niños por no saber diagnosticar su enfermedad. Tuvimos la suerte de salvar a uno que ya el médico había condenado, y lo salvamos actuando contra la voluntad del médico. Una vez curado, el niño nos llamaba "padre".
4º - Vinieron también de parte de un médico envidioso, quien deseando tener clientela, ponía a los padres en contra de su contrincante y de la escuela. Inquiría informes a los alumnos en la calle y los inducía a la insubordinación. Cierto día, nos denunció, junto con el recaudador de contribuciones, al comisario de policía. Averiguaciones llevadas a cabo por el subprefecto [vicegobernador del departamento], el Vizconde de Thériset, se volvieron en contra del denunciante y del Alcalde que lo había apoyado. En vez de la partida de los Hermanos y de la deposición del recaudador y del comisario para el día siguiente, como se había prometido a la gente, fue el Alcalde quien tuvo que renunciar. El golpe resultó mortal para los volterianos arriba citados, los cuales habían urdido la horrible trama contra la obra del buen Cura párroco.
5º - Las dificultades vinieron igualmente de parte de la población, la cual impulsada por dichos volterianos, hablaban mal del establecimiento ante los padres de los internos, e incitaban a éstos a la rebeldía. Así fue como una madrastra, habiendo golpeado brutalmente a su hijastro, acusó del hecho a un profesor. La rectitud del comisario desbarató la intriga. Era ella quien había molido a palos a su hijastro, dejándole la espalda hecha toda ella un moretón. Quisimos ver por nosotros mismos las marcas y le señalamos al comisario que databan de mucho antes del día señalado por la acusadora del Hermano. El niño mismo acusó con firmeza a su madrastra delante del comisario.
6º - Vinieron también del P. Lapalus, Vicario parroquial, quien pagaba con malos procederes los sacrificios que los Hermanos se imponían gratuitamente para realzar los oficios litúrgicos con su canto, o con la música del órgano que nosotros en persona tocábamos. El Sr. Vicario tenía su grupo de músicos, unos desharrapados, a quienes enfrentaba contra los nuestros en plena iglesia. Era un verdadero escándalo. Tanto los alumnos como los profesores estaban indignados. Tuvimos con frecuencia que ganarlos con halagos y a veces con violencia para obligarlos a cantar. El Vicario preparó a los suyos en 1858 durante todo un mes para el canto del día de la Asunción, dándoles permiso para gritar por las calles que los músicos de los Hermanos iban a ser aplastados en dicha fiesta. Para apaciguar a nuestros alumnos y contener la irritación de los profesores, todos nos mantuvimos callados en la misa y en las Vísperas, y el órgano permaneció mudo. Reducidos a su propia fuerza, los músicos del Sr. Vicario fracasaron estrepitosamente, lo que causó gran regocijo en la población. El mismo P. Lapalus quiso obligarnos a dar un curso gratuito para adultos. No habiéndolo conseguido, él mismo dio el curso, ayudado por uno de nuestros alumnos externos, de 12 años de edad, que enseñaba y tenía mejor disciplina que él.
7º - Vinieron también del internado Chevalier, de Moulins, que movía cielo y tierra para sacarle alumnos al nuestro, lo que era del agrado de las poblaciones vecinas de Digoin. Ya se preludiaban las escuelas sin Dios.
8º - Vinieron igualmente del Seminario de Semur del que 4 profesores originarios de Digoin pasaban todas sus vacaciones intentando sacarnos alumnos, incluso externos, para sus cursos de francés.
9º - Vinieron incluso del buen Cura párroco Sr. Page, cuyas prolongadas ceremonias y largos sermones mataban la poca devoción de los alumnos, haciéndoles insoportables los oficios religiosos. Habíamos considerado oportuno llevar a todos los alumnos a la misa de las 8 durante la octava del Corpus Christi. El santo hombre juzgó por su lado oportuno de hacer durar su misa rezada, con lectura, una hora y media. Al regreso, los alumnos mayores estaban muy enojados. Tuvimos que hacerlos levantar a todos a las 4, 30 h. durante el verano para llevarlos a la misa de las 5 que sólo duraba 20 minutos. ¡Cuánta mala sangre nos hicimos a propósito de este asunto, y cuánto lamentamos no tener una capilla propia con un capellán en casa!.
10º - También vinieron del querido Hno. Asistente, el cual, con frecuencia, nos imponía colaboradores que los demás Directores no querían en su escuela, individuos que habían tenido problemas feos con niños, uno de los cuales los tuvo también aquí, no obstante lo cual tuvimos que soportarlo un mes más. Fue remplazado en la clase de los mayores por un Hermanito de 17 años, que venía de la de los menores en donde había fracasado. Era un hombre capaz, pero irascible, sin experiencia y presuntuoso. Daba a veces como penitencia por una lección mal sabida todo el catecismo de la diócesis a copiar, o bien 50 personajes de la biblia, etc. Sin embargo, debíamos apoyarlo frente a los alumnos: todos lo aborrecían.. Al año siguiente, el resultado fue catastrófico. La clase de los mayores entera y la mitad de la de los menores quedó fuera. Lo remplazó un energúmeno a quien habían apodado Ledru Rollin en los establecimientos por donde había pasado anteriormente.
11º - Vinieron igualmente de la incapacidad, la irregularidad, la escasa piedad o de espíritu religioso, la carencia de franqueza y hasta de sentido común de bastantes otros Hermanos que sólo tenían de religiosos la sotana, y a quien se tenía que custodiar como a la leche puesta a hervir. Después de su salida de Digoin casi todos ellos colgaron la sotana. Eran los "ruiseñores" 66 de la Provincia. Entre los que fueron buenos y cumplidores de su deber hay que mencionar a los Hnos. Optaciano, Clemente, Marutas - que aún vive - , Sereno - ya fallecido -, y Agatángelo, Director en Villechenève.
12º - Vinieron, por fin, de parte de los proveedores locales, todos ellos más mentirosos y más ladrones los unos que los otros. Era necesario vigilarlos de muy cerca. Les habían robado a los 3 Directores anteriores por valor de unos 10. 000 francos, y buenas ganas que tenían de seguir obrando del mismo modo. Uno de ellos se vanagloriaba de haber metido 4 toneles de agua en 20 toneles de vino vendido al ex Gregorio. Las cuentas de un almacenero estaban impagas desde hacía 7 años. No era, pues, nada difícil el trampear...
Frente a tantas dificultades como hemos mencionado en los 12 apartados precedentes, no podíamos menos que estar constantemente como sobre espinas.
... En el mes de abril [de 1859] el Sr. Cura párroco de
Bourbon-Lancy vino a vermos y nos dijo: - Conozco las intrigas y
las injustas triquiñuelas que le han montado aquí. Venga a
Bourbon; allí podrá Ud. tocar el armonio, se sentirá feliz y
lo estimaremos. - Rdo. Padre, estamos a las órdenes de nuestros
Superiores, pero Ud. tiene allí un buen Director. - Debe ser
cambiado, aquello no marcha bien - . Se fue y escribió a
Saint-Genis. El Hno. Asistente, que no sabía cómo
arreglárselas para cambiarnos, vio la ocasión como aparejada
por la Providencia. Nos escribió que permutásemos el cargo con
el Hno. Lothier. Aunque extrañado, nos dirigimos de inmediado a
Bourbon, donde sólo quedamos 3 meses y medio. Después del
retiro reanudamos las visitas. (Anales de Digoin, AFM 212. 16,
pp. 17-23)
11.- Corona..., pero de espinas
Se lo repuso como Visitador sólo para la Provincia de Saint-Genis-Laval a partir de septiembre de 1859. A pesar de que los viajes fuesen menos largos y más cómodos, y aunque estuviera el trabajo ya más o menos organizado, dichas visitas eran aún un trabajo penoso. Cont