Palabras del Hno. Horacio Bustos para el acto de asunción como Superior Provincial de Cruz del Sur
Villa Marista de Luján, 8 de noviembre de 2009
Querido H. Emili Turú, Superior General de la Congregación de los Hermanos Maristas; queridos hermanos y laicos maristas de Paraguay, Uruguay y Argentina, integrantes de la Provincia Cruz del Sur; queridos familiares, amigos y amigas:
Muchas gracias por su presencia en esta celebración. Quiero dirigirles unas palabras que surgen de mis vivencias y reflexiones de este último tiempo.
Hace 6 años hemos sido protagonistas del nacimiento de la provincia Cruz del Sur. En aquella ocasión, el H. Demetrio Espinosa, al asumir como Superior Provincial, nos invitaba a “dar cabida en nuestro corazón a la novedad de una vida que se estrena y cuyo desarrollo debíamos cuidar y construir entre todos con fe, coraje, audacia y paciencia, confiados en que Dios hace maravillas con todo lo que somos y tenemos, con nuestras luces y nuestras sombras personales e institucionales”.
Hoy se abre una nueva etapa de nuestro caminar provincial marista. Una etapa que, atenta a los tiempos nuevos que corren, nos mueve a todos a seguir mirando el futuro con fe, confianza y esperanza. Desde una actitud de fe podemos repetir, como el pueblo hebreo, las palabras del Salmo 125: ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros, por eso estamos rebosantes de alegría!
Personalmente, asumo hoy este nombramiento como Superior Provincial con la actitud de quien se siente pequeño e inexperto, pero deseoso de entregar generosamente, con espíritu de servicio, lo que gratuitamente ha recibido de Dios. En lo profundo de mi corazón siempre he buscado el rostro vivo de Dios y, a través de los años, Él me ha guiado por diferentes caminos de conversión que han preparado y educado mi disponibilidad. Ahora siento este nuevo cargo como un verdadero llamado a una entrega mayor de mi ser, a un amor más generoso. Lo experimento como una oportunidad de servir a mis hermanos para ayudarles a realizar su vocación personal; como una oportunidad de servir a los laicos y laicas maristas responsables, también ellos y ellas, de animar y gestionar la siempre actual misión marista a lo largo y ancho de la Provincia Cruz del Sur.
He tenido la gracia de participar del XXI Capítulo General, que recientemente tuvo lugar en Roma del 8 de septiembre al 10 de octubre. Este acontecimiento ha sido para mí una experiencia de fe, de fraternidad y de comunión. Los 84 hermanos capitulares allí reunidos, provenientes de los cinco continentes, hemos intentado buscar, en espíritu de discernimiento, el querer de Dios sobre la Congregación marista de cara a los próximos años. Como fruto del rico trabajo de reflexión, el Capítulo ha brindado a la Congregación una serie de orientaciones para continuar caminando hacia una mayor fidelidad a nuestra vocación y misión.
En sintonía con las orientaciones del Capítulo General, y en sintonía también con las sugerencias emanadas de la Asamblea de Equipos provinciales de animación y de la Asamblea de hermanos, que tuvieron lugar en estos días pasados, quisiera señalar algunos puntos que considero relevantes para nuestro futuro camino provincial. Concretamente, quisiera presentar a continuación cuatro aspectos claves o cuatro tareas que considero fundamentales para seguir impulsando la vida marista en el siguiente trienio y por los cuales me comprometo a trabajar:
Me refiero aquí a la vida misma del hermano marista como hombre de Dios, orientado a una disponibilidad radical por el Reino. El hermano marista cuya vocación el P. Marcelino Champagnat tenía en altísima consideración. Esta vocación, de connotaciones tan humanas y divinas, necesita de un cuidado especial para desarrollarse bien. Necesita de un cuidadoso ordenamiento de la vida para darle la prioridad a Dios en medio de las múltiples opciones cotidianas. Esta vida consagrada marista necesita de tiempos propicios de oración, reflexión y discernimiento. Necesita revisar y recuperar el “amor primero”, aquel amor fundante que comprometió e impulsó una respuesta generosa.
Como hermanos consagrados hemos decidido caminar con un corazón indiviso detrás de las huellas del Señor. Sabemos que no hay nada más contrario al seguimiento de Cristo que vivir buscando seguridades que no se apoyen en la bondad y la fidelidad de Dios. Como religiosos hermanos no se nos pide nada de extraordinario, sino tan sólo vivir nuestra vida apasionados por Jesús y su Evangelio, desarrollando un corazón fraterno y sencillo, que se deje atrapar por el sufrimiento de los demás. Se nos pide empeñarnos en vivir la vida como un don, caminando decididamente tras los pasos de Cristo pobre, casto y obediente.
Si somos hombres de Dios eso tiene que transparentarse en todo lo que decimos y hacemos. No podemos decir que somos operarios del Reino si nuestra oración flaquea y nuestra espiritualidad es débil, si nuestro ritmo de vida es desordenado, tibio, rutinario y carente de motivaciones trascendentes. Las pérdidas, desilusiones y frustraciones no sanadas permanecen latentes y dificultan una vida unificada y profética. El cuidado de nosotros mismos pasa también por decisiones personales que implican la búsqueda de ayudas adecuadas.
La comunidad es una referencia esencial de nuestra vida religiosa. Nuestras comunidades están llamadas a ser escuelas de espiritualidad y fraternidad. Me pregunto: ¿cómo ayudarnos a llevar una vida comunitaria fructífera, sencilla y fraterna, abriendo nuestras puertas a los que comparten la misión con nosotros? Nuestras comunidades dejan de tener validez si no son acogedoras, si no son lugares donde los jóvenes se sienten aceptados, queridos y valorados.
Con decisión, en los próximos años, necesitaremos avanzar en la construcción de nuevos modos de acompañamiento de hermanos y comunidades, intentando buscar caminos de mayor fecundidad apostólica. Necesitamos hallar una nueva organización de nuestras comunidades para que generen más vida y entusiasmo por la misión, para que prioricen el acompañamiento de nuestros hermanos jóvenes. La realidad se va imponiendo y es importante que revisemos la vitalidad de las comunidades y obras. El sostenimiento de la estructura actual nos está cansando y debemos buscar nuevos modelos de gestión que permitan la revitalización de la vida religiosa personal y comunitaria. En los próximos años deberemos avanzar, necesariamente, hacia una reducción y nueva conformación de comunidades.
En esta tarea de ser mejores hermanos cobra una importancia insoslayable la formación inicial y permanente. La formación inicial es aquella que nos hace “hombres capaces de entregar la vida a Dios en el seno de una comunidad apostólica” (C 95). Debemos seguir trabajando con empeño, apertura y entusiasmo, buscando las mejores condiciones y métodos para ofrecer calidad formativa a los jóvenes que aspiran a la vida marista.
La formación personal continua sigue siendo un tema pendiente y debemos ser creativos en los procesos y medios que pongamos en marcha. El cultivo personal (intelectual, espiritual…) necesita mayor concreción, porque fácilmente queda relegado, influenciado, entre otras cosas, por una dedicación excesiva a la misión que no permite suficientemente la reflexión y la interiorización. De este modo, una cierta superficialidad de vida se va apoderando de nosotros, encontrando gran dificultad para vivir como hermanos consagrados, en actitud de discernimiento, sencillez y cercanía a los niños y jóvenes.
Dios nos ha regalado a hermanos y laicos una vocación marista. Esta vocación nos lleva a compartir entre nosotros: misión, espiritualidad y vida. En vez de oponerse, nuestras vocaciones específicas de hermanos y laicos, sin confundirse, se iluminan mutuamente. En los últimos años hemos dado pasos importantes en compartir la misión, pero nos queda aún el desafío de avanzar más decididamente en la valiosa tarea de compartir la espiritualidad y la vida.
Este proyecto común de hermanos y laicos nos tiene que ilusionar urgiéndonos a movilizar todas nuestras energías, asumiendo la diversidad de cada uno, su carisma personal y su manera particular de vivir la vida marista. Lejos de ver todo esto como una amenaza, lo percibimos como una excelente oportunidad para caminar juntos, construyendo la familia de Champagnat cuya visión de futuro sigue marcando la historia.
En esta relación de hermanos y laicos maristas me permito situar la urgencia de la Pastoral Vocacional. Ante esta problemática ninguno de nosotros puede quedar indiferente. Todos estamos implicados (C 94). En el futuro próximo necesitaremos profundizar el considerable trabajo realizado durante estos últimos años, buscando caminos nuevos para ayudar a los jóvenes a seguir a Jesús, según el espíritu o carisma de Marcelino Champagnat. Además de orar, debemos también repensar una pastoral vocacional vinculada más orgánicamente con la pastoral juvenil. Quizás tengamos que repensar una pastoral vocacional más amplia, que implique mayor compromiso del laicado, asumida claramente desde los distintos equipos y grupos implicados en nuestra misión (directivos, agentes de pastoral y solidaridad, educadores, fraternidades, exalumnos, padres de familia…). Los niños y los jóvenes que educamos en nuestras obras experimentan en su interior muchas cosas profundas, hondos deseos de trascendencia. Y estos deseos necesitan ser despertados, estimulados, sostenidos y trabajados. Muchos de ellos podrán encontrar en nuestra vocación de hermanos su lugar para responder al llamado de Dios.
Mi gran deseo es que, en los próximos años, hermanos y laicos, nos ayudemos más intensamente a vivir nuestras respectivas vocaciones, mediante procesos de crecimiento humano que nos lleven a compartir, además de la misión y la formación, la vida y la espiritualidad; como así también a trabajar juntos por despertar en otros la vocación de hermanos y laicos maristas.
Nuestra vida marista encuentra su deleite en estar mucho tiempo entre los niños y los jóvenes. Desde nuestros orígenes hemos heredado la pasión de Marcelino Champagnat de «dar a conocer a Jesucristo y hacerlo amar» entre los niños y jóvenes, particularmente los más pobres, los más desatendidos, los más abandonados, los olvidados, los desprestigiados, los que son víctimas de la injusticia y la desgracia. El Capítulo General nos invita a la conversión del corazón, mirando la realidad con los ojos de los niños y jóvenes pobres.
Entre nosotros, a lo largo de estos años, hemos ido dando algunos pasos importantes en nuestra opción por los niños y jóvenes pobres. Hemos avanzado en nuevas presencias de comunidades situadas en medios populares, en variados emprendimientos solidarios, en experiencias de voluntariado…. El Capítulo General nos estimula a seguir dando pasos cada vez más audaces. Los niños y jóvenes pobres, sin posibilidades educativas, deben estar en el horizonte de nuestras preocupaciones en los próximos años.
Como Marcelino, debemos ser sensibles a todas las formas de vulnerabilidad de las personas que Dios nos confía. A veces las responsabilidades en la Provincia, en el Distrito y en las obras consumen nuestro tiempo y energía, y nuestro corazón ya no se conmueve como antes y se distancia poco a poco de ellos, no consiguiendo escuchar y reconocer sus voces y llamadas. Les propongo que organicemos nuestro tiempo, energías y preocupaciones para escuchar a los niños y a los jóvenes, dejándonos interpelar por ellos.
Para hacer esto realidad, debemos superar las dicotomías en la manera de procesar este movimiento personal e institucional hacia los niños y jóvenes pobres. El mandato de nuestras Constituciones de “educar cristianamente a los niños y jóvenes, en especial a los más desatendidos” (C 2), lo debemos hacer realidad desde todas nuestras obras, colegios y estructuras: desde las estructuras de educación formal y no formal, desde los grupos juveniles y misioneros, desde las familias y comisiones de padres, desde los equipos provinciales de animación, desde la promoción humana en los barrios populares, etc. Nuestro horizonte provincial de misión nos inspira para dar estos pasos. Creo que debemos despertarnos y salir del letargo en el que nos encontramos.
Nuestra espiritualidad marista, con su carácter mariano y apostólico (C 7), es un asunto vital que debemos profundizar y cultivar como fundamento de nuestra existencia. Indudablemente la espiritualidad, como contenido transversal, toca de raíz a las tres tareas descriptas anteriormente. Tenemos que seguir trabajando para que la espiritualidad sea el motor de toda la vida institucional, el impulso de todos nuestros proyectos y acciones, y la inspiración de nuestro modo de gestionar y vincularnos.
En el informe del Superior General y su Consejo al XXI Capítulo General, se afirma que “el futuro del Instituto está estrechamente vinculado a nuestra capacidad de comprometernos de manera seria y profunda en vivir nuestra espiritualidad” (p. 100). Hay en el mundo una profunda sed de Dios a la que debemos dar una respuesta. Esta sed de espiritualidad es la que nos arraiga en nuestra vocación. Los jóvenes cuando se acercan a nosotros “quieren ver lo que no ven en otra parte” (VC 109).
El Hno. Charles Howard (1992), hablando de la espiritualidad señala que: “La espiritualidad abarca todo lo que somos, toda nuestra vida, nuestras relaciones, dones, alegrías y penas, nuestros sueños y estados de ánimo, las luchas y los fracasos... todo. Como cristianos que somos, vemos el rostro, la mano, la palabra, el aliento de Dios en cada uno de los aspectos de la vida humana, de la naturaleza y de lo que está más allá de lo que vemos y palpamos.”
Como maristas necesitamos crecer en una espiritualidad apostólica que se nutra de la presencia de Dios vivida en los múltiples acontecimientos cotidianos. Esta espiritualidad exige, para permanecer, el encuentro vivo con Jesús, cara a cara, todos los días.
El icono de María de la Visitación ha inspirado la llamada fundamental que nos hace el XXI Capítulo General: “Con María, salgan deprisa a una nueva tierra”. Se nos invita a movernos, a caminar, a salir hacia lo nuevo, a ir allí donde se nos necesita. Se nos invita a redescubrir la figura de María como maestra de contemplación y acción. Se nos invita, como María y Champagnat, a ser contemplativos en la acción.
Los maristas somos llamados a aportar a la Iglesia un rostro mariano. Es decir, un rostro acogedor, sencillo, humano, misericordioso. Nuestras comunidades y centros educativos están llamados a ser pequeñas “iglesias con rostro mariano”.
Invitaciones:
Al iniciar esta nueva etapa en nuestra Provincia Cruz del Sur, les quiero hacer tres invitaciones:
Agradecimientos:
Quiero agradecer al H. Emili, Superior General, su presencia en esta celebración. Gracias H. Emili estar entre nosotros. Gracias por tu presencia cercana, cálida y fraterna que nos anima, nos alienta a caminar tras los pasos de Champagnat, y es motivo de comunión entre nosotros y con el Instituto Marista.
Quiero agradecer al H. Demetrio, Superior Provincial durante estos 6 años. Gracias Demetrio por tu generosa entrega a los hermanos y laicos de la Provincia. Has invertido mucho tiempo, esfuerzo y creatividad para animar una Provincia tan grande. Gracias por tu cercanía, tu apertura, tu disponibilidad y tu capacidad de gestionar los innumerables asuntos, sin perder el buen talante y el espíritu fraterno. María y Champagnat bendigan tu persona y sean tu recompensa.
Gracias a ustedes, hermanos y laicos de las distintas obras y comunidades que se han hecho presentes para acompañar este momento. Ustedes son parte de esta gran familia marista de Cruz del Sur.
Gracias a ustedes hermanos jubilares y, en ustedes, gracias a todos los hermanos que con su perseverancia y fidelidad testimonian el gozo de la consagración marista.
Gracias a mis familiares, especialmente a mi madre y mis hermanos, que con su presencia me estimulan y animan en mi vida consagrada. Gracias porque ustedes estuvieron conmigo en muchos acontecimientos importantes.
Les pido a todos que recen por mí para que yo pueda cumplir esta misión con sabiduría y humildad. Sé que no soy digno de ella, por eso la asumo con espíritu de fe, con la actitud de quien tiene mucho que aprender, con la predisposición de servir con respeto y ánimo paternal a las personas que el Señor ha puesto y pondrá en mi camino.
Seguramente no me faltarán dificultades, pero vividas desde la fe me ayudarán a crecer. El cuidado de mi interior y la paz del corazón es lo mejor que puedo ofrecer. Por eso le pido al Señor la gracia de la serenidad del niño en los brazos de su madre (Salmo 130).
Que María y Marcelino sean siempre nuestra inspiración, nuestra fuerza, nuestra alegría. Que ellos nos muevan siempre a la audacia y a la esperanza.
Que la Buena Madre nos conserve, nos multiplique y nos santifique.
Muchas gracias. Hno. Horacio
Imágenes:






CARTA DEL CAPÍTULO PROVINCIAL A LOS HERMANOS Y LAICOS
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Nuevo Hno.Provincial
El Hno. Horacio Bustos nació el 28 de marzo de 1962 en la ciudad de Paraná (Entre Ríos), Argentina. Tras su etapa formativa, en 1983 se gradúa como Profesor Nacional para la Enseñanza Primaria, pasando a realizar tareas de docencia, catequesis y animación del Movimiento Remar en distintos colegios. En 1988 obtiene el título de Profesor en Ciencias Sagradas otorgado por el Instituto Superior Marista, en Buenos Aires. Realiza su actividad docente en los Colegios de Pergamino y Manuel Belgrano como maestro de grado y catequista. En 1991 es destinado a Neuquén para hacerse cargo de la dirección de una nueva escuela marista, la Escuela Domingo Savio, en un barrio popular de la capital neuquina. En 1992 viaja a Roma para realizar estudios profesionales. Allí obtiene en 1995 el título de Licenciado en Psicología Clínica por la Pontificia Universidad Gregoriana. De regreso a la Argentina desarrolla un trabajo de acompañamiento humano y espiritual de candidatos a la vida religiosa dentro y fuera del ámbito marista. Desde 1996 hasta el presente es profesor en la Escuela de Verano para Formadores, en la ciudad de Córdoba. Desde 1997 a 2006 se desempeña como director y profesor del Instituto Superior Marista – ISMA, un centro de formación de docentes para escuela primaria e inicial, y profesores en Ciencias Religiosas y Filosofía. Ha hecho formación y acompañamiento pedagógico y misionero de estudiantes del Profesorado en el Chaco Argentino (Icaño, Santiago del Estero). En 2003 obtiene el título de Licenciado en Gestión Educativa. Desde 2006 a 2007 estuvo a cargo del Escolasticado (primera etapa del Posnoviciado), siendo miembro de la Comisión de Formación Inicial. Desde 2006 es miembro del Consejo Provincial. Es miembro de la Red Interamericana de EAM (Espiritualidad Apostólica Marista) y coordinador del Equipo Provincial de EAM. Actualmente está finalizando su tesis doctoral en Psicología, por la USAL (Universidad del Salvador), en Buenos Aires. Fue elegido delegado provincial al XXIº Capitulo General en noviembre del 2008. Desde febrero 2009 se encuentra en el Colegio San Rafael de la ciudad homónima dedicado a la animación pastoral y pedagógica y como Representante Legal del Colegio.
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