‘Los pequeños mártires maristas’
Por Ignacio Pérez del Viso, sj, del CMB
Durante la guerra civil española hubo muchas víctimas. Pero hubo también mártires. Las víctimas pertenecían a los bandos en pugna. Los mártires, en cambio, están más allá de los bandos. No buscan el enfrentamiento sino la fraternidad y la paz. Perdonan a sus verdugos, mientras que las víctimas reclaman su castigo. Ahora bien, veneramos a los mártires, pero no siempre sintonizamos con su espíritu. Se nos hace difícil no quedar atrapados por un sector. La Iglesia nos invita al diálogo, pero recaemos en la polémica. Nos cuesta liberarnos de los prejuicios. Los mártires de la libertad nos muestran el camino. Fueron libres para vivir su vocación hasta el fin, más allá de los enfrentamientos en la sociedad. Nada extraordinario hicieron, salvo disfrutar de la libertad, como Marcelino. Ésta es la vocación marista, un llamado a ser plenamente libres para poder servir a los necesitados. Sin libertad interior, podrá haber mucha actividad, pero no un alegre servicio fraterno.
Para interpretar lo ocurrido hace 71 años, necesitamos un apoyo hermenéutico. Ante todo de las ciencias sociales, como la historia. Para releer el martirio de aquellos testigos de la fe, son muy útiles las reflexiones del historiador Feliciano Montero García, que han tenido amplia difusión. Con objetividad y equilibrio, no se limita a mostrar cómo ocurrieron los hechos sino también cómo podemos aproximarnos a ellos. No se queda en el pasado sino que mira hacia el futuro. La memoria histórica nos abre el horizonte de la esperanza religiosa. La vocación marista es una vocación profética, porque despierta la esperanza de un futuro mejor para los jóvenes, descubriendo la mano de Dios en la historia de sus padres. El Vaticano II nos enseñó a leer los signos de los tiempos de la “gran” historia humana. Y el carisma marista nos enseña a leer la “pequeña” historia de cada familia y de cada joven.
Era tradicional hablar de los mártires de la fe. Junto a ellos veíamos a los mártires de la caridad, que murieron por contagio, atendiendo a los apestados. Y en el último medio siglo se extendió el concepto de los mártires de la justicia, sobre todo en América Latina. Ahora bien, tratándose de los maristas, pienso que podríamos hablar de los mártires de la educación. Fueron muertos porque educaban según los principios cristianos. Los adversarios deseaban una educación con otros principios, republicanos, socialistas, laicistas. Hay valores rescatables en estos conceptos. Pero los verdugos de los Hermanos no buscaban rescatar lo mejor de la educación católica, sino erradicarla. Y para eso nada mejor que eliminar a los maestros y a “todos los que huelen a cera”.
Los religiosos hacemos voto de pobreza, que nos lleva a la opción preferencial por los pobres. Algunos, incluso, viven con los pobres, padeciendo privaciones. Pero tienen la seguridad de que su Congregación no los abandonará. Si hay que operarlos serán llevados a un buen sanatorio. Si quedan discapacitados, serán recibidos en la casa para los ancianos y enfermos. No podemos despojarnos del respaldo de la institución. Pero los mártires fueron despojados de esa seguridad. Es la pobreza de los mártires, como la de Jesús, abandonado en su Pasión. La vocación marista es un llamado a imitar esa pobreza. Trabajamos en importantes instituciones, donde se realizan investigaciones pedagógicas, porque la educación no se improvisa. Pero la pobreza de los mártires nos recuerda la preferencia de Marcelino por los niños más pobres, los más despojados.
Los maristas españoles, hijos espirituales de san Marcelino, caminaron hacia la Casa del Padre de la mano de la Buena Madre. Eran los pequeños mártires de María. La historia popular ha creado la imagen de los “grandes” mártires, como san Lorenzo o santa Juana de Arco, que en realidad eran “pequeños” según el Evangelio. Pero los mártires maristas escaparon a esas leyendas. Fueron siempre los pequeños Hermanos de María. Los últimos mensajes de los Hermanos Bernardo y Laurentino era que confiaran en Dios y en la protección de María. Despojados de toda seguridad humana, ponían sus ojos en la Buena Madre. Algunos quizás confiaron en ser liberados, como le ocurrió a Marcelino por el “Acordaos” en la nieve. Otros comprendieron que no volverían con vida. Pero lo importante es que unos y otros rezaban el mismo Acordaos, con la misma devoción y confianza en María.
Los 47 maristas no eran un conjunto de mártires, asesinados en un mismo día o lugar, sino una comunidad de mártires. Viviendo juntos, pudieron ser “atrapados” con mayor facilidad. Casi diríamos que los agarraron en una Asamblea de Provincia, con el Hermano Laurentino, Provincial, y el Hermano Virgilio, que estaba a punto de reemplazarlo. Más que el testimonio individual de 47 religiosos es el de toda la Congregación marista, comunidad extendida por el mundo. Junto a los Hermanos de España sentimos la presencia de los Hermanos mártires de África y de otras regiones. La vocación marista es de una vida en comunidad. No simplemente en sociedad, para trabajar con mayor eficiencia, sino sobre todo en comunidad, para compartir nuestras consolaciones y desolaciones. Cuando se los llevaron detenidos, fue un momento de gran desolación para todos los Hermanos, algunos de los cuales todavía viven. Pero hoy los mártires vuelven a nosotros, para llenarnos de consolación.
La Provincia Cruz del Sur se siente muy presente en esta celebración. Uno de los 47 nuevos beatos, de un total de 172 mártires maristas, es el Hermano Leopoldo José. En 1903, de 18 años de edad, integró el primer grupo que llegó a la Argentina y trabajó en Luján, Mar del Plata y Buenos Aires. Años después, regresó a España. Es un mártir misionero. En este momento, toda la Congregación vive un Pentecostés misional, con el envío de Hermanos “ad gentes”, donde los cristianos son minoría. Marcelino quería partir a las misiones de Oceanía. Todos los Hermanos desean ser enviados en misión, al Pacífico, al Atlántico, a donde la Iglesia los necesite.
Después del Vaticano II se difundió el paradigma de la Familia marista, integrada por religiosos y laicos, hermanos y hermanas. Pero antes del Concilio se vivía esta gran fraternidad, como se percibe en los sucesos de la guerra civil española. Cantidad de laicos arriesgaron su vida por los Hermanos, se jugaron por ellos. Había simpatía por los antiguos maestros. Pero sobre todo había un gran afecto y amistades muy fuertes. La devoción a María era el manto maternal que cubría a esa gran familia. El martirio de tantos Hermanos era el signo visible de un cuerpo místico invisible. En cuanto signo, estos mártires son el sacramento de la fidelidad marista.
El sueño de Marcelino se prolonga en el sueño de los mártires. Cuando vieron que su proyecto se frustraba, soñaron que el Señor haría renacer la obra de María. “Agua de la roca” concluye con el pedido a María, nuestro Recurso Ordinario, para seguir siendo siempre “hermanos y hermanas audaces, que no han perdido la pasión en sus vidas, apóstoles maristas siempre dispuestos a dar testimonio de Jesús y su Evangelio con el corazón ardiendo de amor”.
Fecha de Publicación: 25-10-2007
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